Posteado por : Jorge A. Garrido enero 22, 2014


   Tercera y última de mis colaboraciones para dicho concurso. Estrad en Bukus y elegid alguna de las múltiples introducciones que os ofrecen para participar.



No llevaría más de cinco minutos sentada en la silla de aquel pequeño bar, situada en la acera y en el extremo izquierdo del resto de mesas de la terraza, pero ya tuvo que hacer uso de un par de servilletas para secar las primeras gotas de sudor recorriendo su frente y cuello. Estaba realmente nerviosa y no hacía sino repetirse a sí misma que no tenía por qué sentirse de esa manera, que tampoco estaba haciendo nada malo.

Miraba hacia todas las direcciones, pasando su mirada por cada persona que aparecía en su campo de visión. Una señora muy mayor, maquillada en exceso, tanto que pudiera pasar por payaso, intentaba disimular en su lento caminar que era consciente de la acción de su minúsculo perro, mientras éste dejaba un desagradable obsequio al que caminara por el lugar sin demasiado cuidado. Y unos pocos metros por detrás de ella vio a un chico en patines, de no más de quince años, que a punto estuvo de sufrir un terrible accidente cuando pasó un coche a su lado a toda velocidad.

No sólo ellos; otras tantas personas llamaron su atención, fuera por sus acciones, atuendo o, simplemente, por estar allí. Sin embargo, en seguida desaparecieron todos a su vista, o pasaron a no importarle en absoluto, cuando a su espalda, en el cuello, sintió un levísimo roce, el dado con suavidad con el anverso de la mano, o quizá pasando lentamente las uñas. Además, le pareció oír un casi inaudible susurro en uno de sus oídos.

La joven se giró de inmediato, pero allí no vio a nadie. Llamó la atención del camarero y los dos ocupantes de la mesa más próxima debido a su rápido y repentino movimiento, aunque no les hizo el menor caso. Se sentía inquieta y achacó lo que acababa de pasarle a su extremo nerviosismo.

—¡Vamos! —murmuró para sí misma—. Es sólo un amigo...

No lo era. Desde hacía meses, mantenía largas conversaciones diarias, a través de una de las múltiples redes sociales que frecuentaba, con un hombre de veintisiete años, dos mayor que ella. En realidad, si lo pensara detenidamente, no habría sabido decir cómo empezó a hablar con él, un completo desconocido entonces, aunque pensó que podría haber sido por su trabajo, cuando se ponía en contacto con distintos clientes para la distribución del material de oficina que gestionaba su empresa. Le gustaba la forma tan educada, a la vez de dulce, con la que le trataba, incluso lo mucho que le hacía reír, cosa que necesitaba tras la abrupta ruptura con su novio. No fue una separación fácil después de una relación de varios años en la que compartieron vivienda y tanto se implicó a ambas familias, pero llegó un momento en el que él comprendió que ya no la quería.

—Al menos, fue sincero... —se decía ella en voz baja, ajena a todo cuanto ocurría a su alrededor mientras deambulaba entre sus propios recuerdos. Fue de este modo como pasó desapercibido para ella el que otra persona se sentara a su lado, en la silla que tenía reservada para alguien en particular.

—Hola —le saludó, sorprendiéndola al punto de que ella dio un pequeño salto en su asiento, ante lo cual él sonrió—. Siento haberte asustado.

Era él. Pelo corto y moreno, sin barba, ojos marrón claro de mirada muy intensa y una sonrisa que desde hacía bastante conseguía que ella se derritiese tras el ordenador, aguantando en aquellos momentos el tipo cuando sabía que él la miraba.

—N-no... No importa —dijo tímidamente con un hilillo de voz. Mantenía las rodillas juntas y las manos muy apretadas encima de éstas, tensa como pocas veces recordaba haber estado en su vida. En persona le parecía mucho más guapo y saber que no había nada más que una corta mesa de bar entre ellos la puso aún más nerviosa.

No obstante, algo lograría desestabilizarla un poco más, aunque supo disimularlo. Como unos minutos atrás ocurriera, creyó oír una voz directamente en su oído, muy claramente su nombre en esta ocasión. La mujer fue mucho más discreta que entonces y una vez más giró sobre la silla para buscar a quien la llamaba desde tan cerca y a un volumen tan bajo, sin encontrar, tampoco ahora, a nadie.

El chico que tantas ganas tenía de conocer estaba al fin frente a ella, con su voz cálida y segura, sus sugerentes labios y cuerpo bien formado, más aún bajo la ajustada camiseta y los pantalones vaqueros que se había puesto para la cita, pero las sensaciones que la inundaron tras el extraño susurro no le dejaron disfrutar de su tan ansiada compañía. ¿Qué diablos había pasado? ¿Qué significaba aquello? No conocía las respuestas, aunque tampoco formularía dichas preguntas al que tenía sentado a la mesa; no iba a estropear el tan esperado momento haciéndole pensar que estaba junto a alguna loca que de pronto sufría de extrañas sensaciones. Así, procuró dejar de lado su inquietud y centrarse en él, aunque no podía negar que, ahora, sentía como si una enorme losa la empujara hacia abajo desde los hombros, incluso le pareció que los colores a su alrededor se hubieran apagado un poco, adoptando un tono más oscuro.

—Quizá haya sido la comida del mediodía; me ha sentado mal —pensaba, intentando encontrar una solución lógica a aquello. De todas formas, vio moverse la boca de él y se dio cuenta de que no estaba escuchando sus palabras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por desecharlo todo y centrarse en lo que le iba diciendo.






Jorge A. Garrido

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