Posteado por : Jorge A. Garrido enero 19, 2014


   Segunda de mis tres colaboraciones en el concurso "Continúa una escena II" llevado a cabo por el portal Bukus:


Quizá fuera el sonido de las olas rompiendo contra las rocas o tal vez el viento a su paso bajo la desvencijada puerta de la sencilla y solitaria casita a tan pocos metros de la orilla, pero al fin salió de su ensimismamiento, para nada consciente del tiempo que llevaba observando el cielo tras la ventana. La soleada mañana había dado paso a una tarde nublada, con una humedad en el ambiente que le indicó que podría llover en cualquier instante. Sólo por eso debería recoger su maletín, lleno éste, entre otras cosas, de facturas y contratos que nunca llegarían a firmarse, y salir a todo correr de la casa. Pero no sería ésta la única razón para hacerlo.

Giró sus pasos ciento ochenta grados y miró con detalle a su alrededor. La amplia habitación, espacio compartido para la cocina, el salón y el dormitorio, se encontraba en un perfecto estado de orden y limpieza, a excepción de los pedazos de jarrón esparcidos por detrás del largo sofá. Hacia ellos se dirigió, agachándose de cuclillas para recoger el mayor, el cual tenía varias grietas y debía mantenerse aún intacto gracias a la pegatina que por fuera indicaba su procedencia, un lejano país del norte de África que no atinó a leer por volver a ser inundada su mente con imágenes de la noche anterior. Sin embargo, en esta ocasión se esforzó por desecharlas, antes de que nuevamente le hiciera perderse durante horas en su recuerdo.

Con determinación, avanzó a zancadas hasta la puerta, cogió por el asa el negro maletín y tiró con fuerza del pomo de la puerta hacia dentro. Una vez abierta, el frío le hizo dar un leve respingo hacia atrás, pero no iba a sucumbir. Dio varios pasos fuera y ni siquiera se preocupó de cerrar, pues nunca más regresaría a este lugar. Tampoco le importaba que alguien pudiese entrar, fuera un ladrón, un curioso o un policía, cuando tenía bien claro que las autoridades locales buscarían por la zona alguna pista que les llevara al que durante siete años fue su socio.

Tras la casa de madera, allí donde moría el único camino que llevaba a la bien escondida cala, vio aparcados los dos vehículos. Llevaban casi una semana sin moverse sobre el irregular y fragmentado asfalto, un día menos el suyo, el cual reconoció al instante. Para cualquier otra persona que los observara, por contra, eran exactamente iguales; largos y robustos, negros por completo.

Ya junto a la puerta, pasó sus dedos por la línea superior de la ventanilla y una extraña sensación inundó su ser. El frío de la tarde había desaparecido y tampoco reaccionó ante las primeras gotas de lluvia. En ese momento, en su cabeza sólo había lugar para el recuerdo, uno tan lúcido que casi le pareció revivirlo en directo, sentir en su persona las intensas miradas de todos aquellos desconocidos vestidos de etiqueta, bajar las escaleras que le llevaban hacia el enorme comedor donde se celebraba el banquete con los nervios haciendo temblar violentamente su cuerpo, con la mano de su acompañante transmitiéndole una calidez en la suya que haría más seguros sus pasos unos segundos más tarde...

Cerró la puerta tras de sí en el instante en el que las densas nubes comenzaban a descargar su contenido con más fuerza. Las gotas, gruesas, tamborileaban rítmicamente sobre el cristal, quizá incluso se mezclaran con pequeñas piedrecitas de granizo. Pero poco le importó este simple detalle cuando tenía tanto en lo que pensar. Sí, pensar, porque no podía dar sus primeros pasos sin tenerlo todo atado, sin ordenar sus ideas y trazar en su mente el recorrido idóneo para terminar lo que debía, para no dejar nada a medias ni, por supuesto, dejarse atrapar.

Con el coche arrancado y los parabrisas yendo a un lado y al otro de la luna, echó un último vistazo al maletín, sobre el asiento de piel a su derecha. No necesitaba llave alguna para abrirlo, sino una sencilla combinación numérica de cinco cifras que nunca llegaría a olvidar, por todo lo que significaba. No obstante, aunque algo en su interior le instaba a quitar la llave del contacto, volver a la casa y hurgar en el contenido del maletín, centró su mirada en el espejo retrovisor y dio marcha atrás al vehículo. Debía emprender su camino cuanto antes, dirigiéndose, en primer lugar, hacia la autopista. Después, se pondría en contacto con alguien de confianza, alguien que se ciñera a sus instrucciones sin hacer una sola pregunta y, por supuesto, que no le delatara. Pero, ¿conocía a esa persona? No podía ser cualquiera. Aunque tenía buenos amigos, en una situación como ésa ni siquiera un familiar directo representaba un valor seguro.

Mientras pensaba en ello, dejó de mirar por un instante la carretera, momento en el que se le cruzó un joven cervatillo. Reaccionó con rapidez y dio un par de volantazos a la vez que pisaba el pedal del freno a fondo. Como resultado, añadido el efecto del agua sobre el asfalto, el coche giró velozmente sobre sí mismo, deteniéndose a pocos centímetros de un enorme árbol que, sin duda, lo habría inutilizado.

El motor se paró y sólo los limpiaparabrisas seguían en funcionamiento. Del ciervo, por contra, no había ni rastro; debía haberse salvado. Así, intentando calmarse, bajó la cabeza hasta pegar la frente al volante y notó que estaba húmedo. En un principio, pensó que quizá se hubiese mojado las manos con el agua de lluvia, pero ésta no había empezado a apretar hasta que se encontró en el interior del vehículo. Entonces, levantó la cabeza y se miró las manos. Un escalofrío sacudió su cuerpo al verlas, consciente de que la herida de su palma izquierda, la cual creía completamente cerrada, tenía una estrecha relación con la desaparición de Márquez.






Jorge A. Garrido

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