Posteado por : Jorge A. Garrido enero 15, 2014


   Aquí os dejo la primera de mis tres colaboraciones con Bukus, una de las introducciones que podréis elegir en su concurso para continuar con un relato o en la que basarse para realizar una ilustración que, de resultar premiado, formará parte de un ebook del cual participaréis en los beneficios de venta. ¿No os llama la atención?




No importa que mire a un lado o al otro; no queda absolutamente nadie. Quizá sea mejor así, al menos mientras esta suave brisa se encarga de secar mis lágrimas. No necesito a nadie a mi lado preguntando qué me ocurre, ni siquiera soportaría las curiosas miradas de aquellos que se cruzaran conmigo. Soledad, bendita soledad, al menos durante unos minutos. Y sí, es posible que más tarde les eche en falta, pero no ahora.

A lo lejos oigo un tímido sonido, entre las montañas que se alzan por encima de la ciudad. Me recuerda vagamente al ensordecedor murmullo de la multitud que hasta hace unas pocas horas discurría por estas calles. Los vehículos circulaban con dificultad entre el gentío, pero sus conductores lograban abrirse paso entre pitos y gritos. Algunos no tuvieron paciencia y la tensión hizo que los nervios les cegara la razón. ¿Cuántos fueron arrollados por el furgón azul oscuro? ¿Siete, nueve quizá? Sea como fuere, perdieron la cabeza, unos por querer apropiarse de algo que no les pertenecía; otros por miedo a perder sus escasas posesiones. Todos culpables, mas todos víctimas también. Nadie, absolutamente nadie quería quedarse atrás.

A mis pies veo una sencilla muñeca de trapo. Su pelo anaranjado, formado por gruesas hebras de lana, hacen juego con el estropeado y sucio vestido, éste de una única pieza. No se hicieron formas de manos y pies para su cuerpecito y en su cara tan sólo quedan las marcas de donde un día estuvieran cosidos los ojos, quizá simples botones. La recojo entre mis manos y acaricio su suave mentón. La muñeca no ha sido más abandonada que los edificios que me rodean, aunque éstos pronto serán olvidados por cualquiera de los que antes moraban en ellos. Sin embargo, ¿y el dueño o dueña de esta muñeca? ¿La sustituirá tan fácilmente por otra? ¿Acaso no sentirá el deseo de volver para recuperarla? En fin... Lo haga o no, poco importa en realidad; no volverá la vista atrás, aunque será porque otros así le obliguen a no hacerlo.
 
Cae de nuevo al suelo, quedando tras de mí en cuanto comienzo a caminar, por supuesto hacia el norte, en dirección a ese débil sonido que en cualquier momento quedará completamente silenciado, al menos en mis oídos. Tampoco aspiro a alcanzarlos, no mientras dure su viaje, aunque sé que es allí donde podré encontrar a la inmensa mayoría. Desde luego, podría haber algún rezagado, pero muy pocos cogerán un camino distinto. Somos como borregos, más aún cuando el miedo atenaza nuestros sentidos. Muy curiosa esta debilidad que nos otorgó la naturaleza, pues el pánico nos hace reaccionar de manera instintiva, pero el miedo nos bloquea, posibilita que usemos la cabeza y éste es el mayor de los errores que podemos cometer cuando la necesidad nos urge a tomar decisiones para las cuales, normalmente, no estamos preparados. Por eso todos siguen el mismo camino, aunque les llevara directamente a la muerte. Necesitan que otros les marquen una dirección, de ahí que prácticamente ninguno se saldrá de la fila.

¿Que por qué sigo aquí, tan lejos del último de ellos? Al ver lo que sucedía, preferí sentarme al fondo del bar, observando por las ventanas cómo huían con lo que llevaban encima, dejando atrás desconocidos, amigos o incluso familiares, pues a muchos poco le importa el resto de las personas más que ellos mismos. Vi atropellos y agresiones entre los peatones, lo que me llevó a dejarles marchar a todos, antes de convertirme en uno más, antes de posibilitar que un tablón cercenara mi vida con un certero golpe en la sien o caer al suelo y sentir decenas de pies pasándome literalmente por encima. Ahora no están y es cuando puedo moverme libremente por estas calles, evitado así un peligro que nada tiene que envidiar al que les hiciera emprender dicha estampida.

La decisión es mía: Continuar tras sus pasos o hacer frente a lo que me espera en caso de quedarme en la ciudad. No tengo demasiado tiempo, aunque aún menos esperanzas. Quizá el futuro ya está escrito y mi elección esté tomada de antemano. Aún así, me gustaría seguir creyendo que soy dueño de mi destino, creerlo aunque no estuviera sino engañándome a mí mismo. Ya lo dice el refrán: Ojos que no ven, corazón que no siente, y he de reconocer que el mío siente muy pocas cosas en este momento.






Jorge A. Garrido

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