Archive for enero 2014

Finalizada la obra Los Hijos de Daes

Por : Jorge A. Garrido

   Tal y como reza el título del post, hoy he finalizado mi cuarto gran trabajo. En concreto, se trata de la tercera novela dentro de la saga fantástica Ojos de reptil, con la cual, de momento, doy cierre a la misma. Han sido necesarios varios duros meses de trabajo, aunque no podría tener una mejor sensación tras darle punto y final. Ya no sólo se trata de quitarse el peso de encima por el esfuerzo realizado, sino también por el buen sabor de boca que me deja este libro.

  301 páginas en formato A5, 35 capítulos y 93.977 palabras. Éstos son los datos técnicos, aunque, repito, me sigo quedando con todo lo bueno que me deja dentro.

   La siguiente cuestión es, ¿y ahora? Por supuesto, aún toca darle un par de lecturas para su corrección, pero el mayor de los trabajos ya está hecho. En cuanto a su salida al mercado, a pesar de que quede poner a la venta la anterior entrega, ésta que me ocupa no tardará tanto en llegar a los lectores, pues necesita de las dos primeras para ser entendida, lo que suprime ese periodo de 7-8 meses visitando las editoriales del país.

   Respecto a la saga, es cierto que durante el desarrollo de la misma he creado una enorme telaraña para dar forma a un mundo complejo, dejando abiertas ciertas ramas que podría utilizar más adelante en otros volúmenes para hacer mayor el universo de Ojos de reptil, pero voy a dejarla descansar de momento. Tengo otros tantos proyectos en mente, buenas historias que no tienen mucho que ver con esta saga y esperan pacientemente a que me ponga a trabajar en ellas.

   Desde luego, esto no se detiene y cada vez me parece más emocionante. ¿Cómo dejarlo, entonces? Sencilla respuesta: No podría.





Jorge A. Garrido

Sorteo de dos libros firmados y dedicados

Por : Jorge A. Garrido

   Hoy os traigo un nuevo concurso con mi primera novela como premio. Lo convoca el portal Bukus con motivo de la apertura de su canal en youtube, por lo que la forma de participar va muy ligada a esta famosa web. ¿Queréis uno de los dos libros que se sortean de Cautivo de las tinieblas, firmados y dedicados especialmente para los ganadores? Sólo tenéis que elegir una de las frases que más os gusten del libro (si aún no lo habéis leído tenéis una larga lista en este enlace de Tierra Quebrada) y grabrar un vídeo en el que mostrarla. Eso sí, se premiará la originalidad. ¿Disfrazarte de caballero medieval y pronunciarla al cielo con pose molona sobre una enorme roca en el campo? ¿Utilizar tu colección de figuritas del Warhammer o Hero Quest y grabar una escena a slow motion en la que alguien diga la frase? No, no vamos a pedir que sea tan trabajada, pero saca a relucir tu creatividad y manda tu participación a Bukus. Tienes desde el 1 de Febrero hasta el 1 de Abril.





Jorge A. Garrido
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3ª introducción para el concurso "Continúa una escena II"

Por : Jorge A. Garrido

   Tercera y última de mis colaboraciones para dicho concurso. Estrad en Bukus y elegid alguna de las múltiples introducciones que os ofrecen para participar.



No llevaría más de cinco minutos sentada en la silla de aquel pequeño bar, situada en la acera y en el extremo izquierdo del resto de mesas de la terraza, pero ya tuvo que hacer uso de un par de servilletas para secar las primeras gotas de sudor recorriendo su frente y cuello. Estaba realmente nerviosa y no hacía sino repetirse a sí misma que no tenía por qué sentirse de esa manera, que tampoco estaba haciendo nada malo.

Miraba hacia todas las direcciones, pasando su mirada por cada persona que aparecía en su campo de visión. Una señora muy mayor, maquillada en exceso, tanto que pudiera pasar por payaso, intentaba disimular en su lento caminar que era consciente de la acción de su minúsculo perro, mientras éste dejaba un desagradable obsequio al que caminara por el lugar sin demasiado cuidado. Y unos pocos metros por detrás de ella vio a un chico en patines, de no más de quince años, que a punto estuvo de sufrir un terrible accidente cuando pasó un coche a su lado a toda velocidad.

No sólo ellos; otras tantas personas llamaron su atención, fuera por sus acciones, atuendo o, simplemente, por estar allí. Sin embargo, en seguida desaparecieron todos a su vista, o pasaron a no importarle en absoluto, cuando a su espalda, en el cuello, sintió un levísimo roce, el dado con suavidad con el anverso de la mano, o quizá pasando lentamente las uñas. Además, le pareció oír un casi inaudible susurro en uno de sus oídos.

La joven se giró de inmediato, pero allí no vio a nadie. Llamó la atención del camarero y los dos ocupantes de la mesa más próxima debido a su rápido y repentino movimiento, aunque no les hizo el menor caso. Se sentía inquieta y achacó lo que acababa de pasarle a su extremo nerviosismo.

—¡Vamos! —murmuró para sí misma—. Es sólo un amigo...

No lo era. Desde hacía meses, mantenía largas conversaciones diarias, a través de una de las múltiples redes sociales que frecuentaba, con un hombre de veintisiete años, dos mayor que ella. En realidad, si lo pensara detenidamente, no habría sabido decir cómo empezó a hablar con él, un completo desconocido entonces, aunque pensó que podría haber sido por su trabajo, cuando se ponía en contacto con distintos clientes para la distribución del material de oficina que gestionaba su empresa. Le gustaba la forma tan educada, a la vez de dulce, con la que le trataba, incluso lo mucho que le hacía reír, cosa que necesitaba tras la abrupta ruptura con su novio. No fue una separación fácil después de una relación de varios años en la que compartieron vivienda y tanto se implicó a ambas familias, pero llegó un momento en el que él comprendió que ya no la quería.

—Al menos, fue sincero... —se decía ella en voz baja, ajena a todo cuanto ocurría a su alrededor mientras deambulaba entre sus propios recuerdos. Fue de este modo como pasó desapercibido para ella el que otra persona se sentara a su lado, en la silla que tenía reservada para alguien en particular.

—Hola —le saludó, sorprendiéndola al punto de que ella dio un pequeño salto en su asiento, ante lo cual él sonrió—. Siento haberte asustado.

Era él. Pelo corto y moreno, sin barba, ojos marrón claro de mirada muy intensa y una sonrisa que desde hacía bastante conseguía que ella se derritiese tras el ordenador, aguantando en aquellos momentos el tipo cuando sabía que él la miraba.

—N-no... No importa —dijo tímidamente con un hilillo de voz. Mantenía las rodillas juntas y las manos muy apretadas encima de éstas, tensa como pocas veces recordaba haber estado en su vida. En persona le parecía mucho más guapo y saber que no había nada más que una corta mesa de bar entre ellos la puso aún más nerviosa.

No obstante, algo lograría desestabilizarla un poco más, aunque supo disimularlo. Como unos minutos atrás ocurriera, creyó oír una voz directamente en su oído, muy claramente su nombre en esta ocasión. La mujer fue mucho más discreta que entonces y una vez más giró sobre la silla para buscar a quien la llamaba desde tan cerca y a un volumen tan bajo, sin encontrar, tampoco ahora, a nadie.

El chico que tantas ganas tenía de conocer estaba al fin frente a ella, con su voz cálida y segura, sus sugerentes labios y cuerpo bien formado, más aún bajo la ajustada camiseta y los pantalones vaqueros que se había puesto para la cita, pero las sensaciones que la inundaron tras el extraño susurro no le dejaron disfrutar de su tan ansiada compañía. ¿Qué diablos había pasado? ¿Qué significaba aquello? No conocía las respuestas, aunque tampoco formularía dichas preguntas al que tenía sentado a la mesa; no iba a estropear el tan esperado momento haciéndole pensar que estaba junto a alguna loca que de pronto sufría de extrañas sensaciones. Así, procuró dejar de lado su inquietud y centrarse en él, aunque no podía negar que, ahora, sentía como si una enorme losa la empujara hacia abajo desde los hombros, incluso le pareció que los colores a su alrededor se hubieran apagado un poco, adoptando un tono más oscuro.

—Quizá haya sido la comida del mediodía; me ha sentado mal —pensaba, intentando encontrar una solución lógica a aquello. De todas formas, vio moverse la boca de él y se dio cuenta de que no estaba escuchando sus palabras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por desecharlo todo y centrarse en lo que le iba diciendo.






Jorge A. Garrido
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2ª introducción para el concurso "Continúa una escena II"

Por : Jorge A. Garrido

   Segunda de mis tres colaboraciones en el concurso "Continúa una escena II" llevado a cabo por el portal Bukus:


Quizá fuera el sonido de las olas rompiendo contra las rocas o tal vez el viento a su paso bajo la desvencijada puerta de la sencilla y solitaria casita a tan pocos metros de la orilla, pero al fin salió de su ensimismamiento, para nada consciente del tiempo que llevaba observando el cielo tras la ventana. La soleada mañana había dado paso a una tarde nublada, con una humedad en el ambiente que le indicó que podría llover en cualquier instante. Sólo por eso debería recoger su maletín, lleno éste, entre otras cosas, de facturas y contratos que nunca llegarían a firmarse, y salir a todo correr de la casa. Pero no sería ésta la única razón para hacerlo.

Giró sus pasos ciento ochenta grados y miró con detalle a su alrededor. La amplia habitación, espacio compartido para la cocina, el salón y el dormitorio, se encontraba en un perfecto estado de orden y limpieza, a excepción de los pedazos de jarrón esparcidos por detrás del largo sofá. Hacia ellos se dirigió, agachándose de cuclillas para recoger el mayor, el cual tenía varias grietas y debía mantenerse aún intacto gracias a la pegatina que por fuera indicaba su procedencia, un lejano país del norte de África que no atinó a leer por volver a ser inundada su mente con imágenes de la noche anterior. Sin embargo, en esta ocasión se esforzó por desecharlas, antes de que nuevamente le hiciera perderse durante horas en su recuerdo.

Con determinación, avanzó a zancadas hasta la puerta, cogió por el asa el negro maletín y tiró con fuerza del pomo de la puerta hacia dentro. Una vez abierta, el frío le hizo dar un leve respingo hacia atrás, pero no iba a sucumbir. Dio varios pasos fuera y ni siquiera se preocupó de cerrar, pues nunca más regresaría a este lugar. Tampoco le importaba que alguien pudiese entrar, fuera un ladrón, un curioso o un policía, cuando tenía bien claro que las autoridades locales buscarían por la zona alguna pista que les llevara al que durante siete años fue su socio.

Tras la casa de madera, allí donde moría el único camino que llevaba a la bien escondida cala, vio aparcados los dos vehículos. Llevaban casi una semana sin moverse sobre el irregular y fragmentado asfalto, un día menos el suyo, el cual reconoció al instante. Para cualquier otra persona que los observara, por contra, eran exactamente iguales; largos y robustos, negros por completo.

Ya junto a la puerta, pasó sus dedos por la línea superior de la ventanilla y una extraña sensación inundó su ser. El frío de la tarde había desaparecido y tampoco reaccionó ante las primeras gotas de lluvia. En ese momento, en su cabeza sólo había lugar para el recuerdo, uno tan lúcido que casi le pareció revivirlo en directo, sentir en su persona las intensas miradas de todos aquellos desconocidos vestidos de etiqueta, bajar las escaleras que le llevaban hacia el enorme comedor donde se celebraba el banquete con los nervios haciendo temblar violentamente su cuerpo, con la mano de su acompañante transmitiéndole una calidez en la suya que haría más seguros sus pasos unos segundos más tarde...

Cerró la puerta tras de sí en el instante en el que las densas nubes comenzaban a descargar su contenido con más fuerza. Las gotas, gruesas, tamborileaban rítmicamente sobre el cristal, quizá incluso se mezclaran con pequeñas piedrecitas de granizo. Pero poco le importó este simple detalle cuando tenía tanto en lo que pensar. Sí, pensar, porque no podía dar sus primeros pasos sin tenerlo todo atado, sin ordenar sus ideas y trazar en su mente el recorrido idóneo para terminar lo que debía, para no dejar nada a medias ni, por supuesto, dejarse atrapar.

Con el coche arrancado y los parabrisas yendo a un lado y al otro de la luna, echó un último vistazo al maletín, sobre el asiento de piel a su derecha. No necesitaba llave alguna para abrirlo, sino una sencilla combinación numérica de cinco cifras que nunca llegaría a olvidar, por todo lo que significaba. No obstante, aunque algo en su interior le instaba a quitar la llave del contacto, volver a la casa y hurgar en el contenido del maletín, centró su mirada en el espejo retrovisor y dio marcha atrás al vehículo. Debía emprender su camino cuanto antes, dirigiéndose, en primer lugar, hacia la autopista. Después, se pondría en contacto con alguien de confianza, alguien que se ciñera a sus instrucciones sin hacer una sola pregunta y, por supuesto, que no le delatara. Pero, ¿conocía a esa persona? No podía ser cualquiera. Aunque tenía buenos amigos, en una situación como ésa ni siquiera un familiar directo representaba un valor seguro.

Mientras pensaba en ello, dejó de mirar por un instante la carretera, momento en el que se le cruzó un joven cervatillo. Reaccionó con rapidez y dio un par de volantazos a la vez que pisaba el pedal del freno a fondo. Como resultado, añadido el efecto del agua sobre el asfalto, el coche giró velozmente sobre sí mismo, deteniéndose a pocos centímetros de un enorme árbol que, sin duda, lo habría inutilizado.

El motor se paró y sólo los limpiaparabrisas seguían en funcionamiento. Del ciervo, por contra, no había ni rastro; debía haberse salvado. Así, intentando calmarse, bajó la cabeza hasta pegar la frente al volante y notó que estaba húmedo. En un principio, pensó que quizá se hubiese mojado las manos con el agua de lluvia, pero ésta no había empezado a apretar hasta que se encontró en el interior del vehículo. Entonces, levantó la cabeza y se miró las manos. Un escalofrío sacudió su cuerpo al verlas, consciente de que la herida de su palma izquierda, la cual creía completamente cerrada, tenía una estrecha relación con la desaparición de Márquez.






Jorge A. Garrido
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1ª Introducción para el concurso "Continúa una escena II"

Por : Jorge A. Garrido

   Aquí os dejo la primera de mis tres colaboraciones con Bukus, una de las introducciones que podréis elegir en su concurso para continuar con un relato o en la que basarse para realizar una ilustración que, de resultar premiado, formará parte de un ebook del cual participaréis en los beneficios de venta. ¿No os llama la atención?




No importa que mire a un lado o al otro; no queda absolutamente nadie. Quizá sea mejor así, al menos mientras esta suave brisa se encarga de secar mis lágrimas. No necesito a nadie a mi lado preguntando qué me ocurre, ni siquiera soportaría las curiosas miradas de aquellos que se cruzaran conmigo. Soledad, bendita soledad, al menos durante unos minutos. Y sí, es posible que más tarde les eche en falta, pero no ahora.

A lo lejos oigo un tímido sonido, entre las montañas que se alzan por encima de la ciudad. Me recuerda vagamente al ensordecedor murmullo de la multitud que hasta hace unas pocas horas discurría por estas calles. Los vehículos circulaban con dificultad entre el gentío, pero sus conductores lograban abrirse paso entre pitos y gritos. Algunos no tuvieron paciencia y la tensión hizo que los nervios les cegara la razón. ¿Cuántos fueron arrollados por el furgón azul oscuro? ¿Siete, nueve quizá? Sea como fuere, perdieron la cabeza, unos por querer apropiarse de algo que no les pertenecía; otros por miedo a perder sus escasas posesiones. Todos culpables, mas todos víctimas también. Nadie, absolutamente nadie quería quedarse atrás.

A mis pies veo una sencilla muñeca de trapo. Su pelo anaranjado, formado por gruesas hebras de lana, hacen juego con el estropeado y sucio vestido, éste de una única pieza. No se hicieron formas de manos y pies para su cuerpecito y en su cara tan sólo quedan las marcas de donde un día estuvieran cosidos los ojos, quizá simples botones. La recojo entre mis manos y acaricio su suave mentón. La muñeca no ha sido más abandonada que los edificios que me rodean, aunque éstos pronto serán olvidados por cualquiera de los que antes moraban en ellos. Sin embargo, ¿y el dueño o dueña de esta muñeca? ¿La sustituirá tan fácilmente por otra? ¿Acaso no sentirá el deseo de volver para recuperarla? En fin... Lo haga o no, poco importa en realidad; no volverá la vista atrás, aunque será porque otros así le obliguen a no hacerlo.
 
Cae de nuevo al suelo, quedando tras de mí en cuanto comienzo a caminar, por supuesto hacia el norte, en dirección a ese débil sonido que en cualquier momento quedará completamente silenciado, al menos en mis oídos. Tampoco aspiro a alcanzarlos, no mientras dure su viaje, aunque sé que es allí donde podré encontrar a la inmensa mayoría. Desde luego, podría haber algún rezagado, pero muy pocos cogerán un camino distinto. Somos como borregos, más aún cuando el miedo atenaza nuestros sentidos. Muy curiosa esta debilidad que nos otorgó la naturaleza, pues el pánico nos hace reaccionar de manera instintiva, pero el miedo nos bloquea, posibilita que usemos la cabeza y éste es el mayor de los errores que podemos cometer cuando la necesidad nos urge a tomar decisiones para las cuales, normalmente, no estamos preparados. Por eso todos siguen el mismo camino, aunque les llevara directamente a la muerte. Necesitan que otros les marquen una dirección, de ahí que prácticamente ninguno se saldrá de la fila.

¿Que por qué sigo aquí, tan lejos del último de ellos? Al ver lo que sucedía, preferí sentarme al fondo del bar, observando por las ventanas cómo huían con lo que llevaban encima, dejando atrás desconocidos, amigos o incluso familiares, pues a muchos poco le importa el resto de las personas más que ellos mismos. Vi atropellos y agresiones entre los peatones, lo que me llevó a dejarles marchar a todos, antes de convertirme en uno más, antes de posibilitar que un tablón cercenara mi vida con un certero golpe en la sien o caer al suelo y sentir decenas de pies pasándome literalmente por encima. Ahora no están y es cuando puedo moverme libremente por estas calles, evitado así un peligro que nada tiene que envidiar al que les hiciera emprender dicha estampida.

La decisión es mía: Continuar tras sus pasos o hacer frente a lo que me espera en caso de quedarme en la ciudad. No tengo demasiado tiempo, aunque aún menos esperanzas. Quizá el futuro ya está escrito y mi elección esté tomada de antemano. Aún así, me gustaría seguir creyendo que soy dueño de mi destino, creerlo aunque no estuviera sino engañándome a mí mismo. Ya lo dice el refrán: Ojos que no ven, corazón que no siente, y he de reconocer que el mío siente muy pocas cosas en este momento.






Jorge A. Garrido
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Concurso "Continúa una escena II"

Por : Jorge A. Garrido

   El portal Bukus ha dado forma a un nuevo concurso en el que busca que sus participantes saquen al escritor que llevan dentro, aunque en esta ocasión también los ilustradores están llamados a convocatoria. Las bases las podéis encontrar en este enlace, aunque os puedo adelantar que esta vez no se proponen libros, sino introducciones originales e inéditas creadas en especial para el concurso.

   La sorpresa, para mí, llegó en forma de proposición por parte de los organizadores animándome a escribir alguna introducción para ellos, a lo cual, por supuesto, no me he negado. Así, entre todas las que finalmente podrán elegir los participantes, sean escritores o ilustradores, habrá tres con mi firma.

   El plazo de entrega de los relatos comenzará el 1 de Marzo, por lo que en estos días iré colgando las mías en el blog, aunque os recomiendo pasar por el enlace que os puse más arriba para acceder a todas las propuestas y elegir la que más os inspire.

   El premio tampoco está nada mal, así que os animo a que lo intentéis. ¡Mucha suerte!





Jorge A. Garrido
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La RAE; nuestra infalible amiga y consejera

Por : Jorge A. Garrido

   Si hay algo a lo que constantemente ha de enfrentarse un escritor en sus obras es a la utilización correcta de palabras, expresiones, signos de puntualización... La ortografía llega a mirarse con detalle por algunos exigentes lectores, aunque hay que reconocer que, lejos de las establecidas erratas de cada edición, hay algunos errores que son sangrantes a la vista. Desde luego, hay que tener mucho cuidado.

   Desde mi punto de vista como autor, hay veces en las que dudamos a la hora de escribir, mientras en otras estamos plenamente convencidos de que lo hacemos del modo correcto. Entonces, tenemos dos opciones: Escribir tal cual nos parece o consultar las normas del castellano en las ediciones físicas o digital de la RAE (Real Academia Española).

   Por supuesto, al revisar las ediciones finales de mis libros veo que existen ciertos errores, a veces por despiste y otras por desconocimiento de las reglas por las que se rigen, pero he aprendido a consultarlas ante la menor de las dudas. Mi pregunta ahora es: ¿Por qué los lectores no hacen lo mismo?

   Más de una vez, a todos nos ha ocurrido, leemos algunos errores que nos hacen cuestionarnos qué tipo de profesional es capaz de dejar tan garrafal fallo en el texto comercial (primero por parte del escritor, aunque para algo existe, o debería existir, ese filtro llamado corrector). Pero, ¿podemos estar seguros de que lo que creemos un error lo es realmente? Para eso, repito, está la RAE. Es de libre acceso, totalmente gratuita la consulta. Entonces, ¿tan difícil o tedioso resulta hacerlo? Mientras leemos, como hobby u ocio, podríamos dejarlo pasar y continuar sin darle mayor importancia, aunque para aquel que, por ejemplo, va a reseñar el libro, probablemente debería tener mucho más a mano un diccionario. Y es que no deberíamos dar nuestra opinión sobre algo si no sabemos en profundidad sobre ello.

   Alguna vez, en distintos foros, han intentado corregirme algunos supuestos errores. Un ejemplo es la palabra quizá, la cual me decían que debía pluralizar. ¿Es que quizá está mal dicho? En absoluto, pero me hicieron dudar. Lo que hice fue ingresar en la web de la RAE y comprobar quién llevaba la razón. De no tenerla yo, me quedaba aprender y no volver a cometer el fallo, pero eran ésos que me corregían los que necesitaban consultar un diccionario más que yo. Lo mismo para tildar palabras como , , ésta... Poco a poco he ido actualizándome, mejorando párrafo a párrafo mientras iba viendo cuáles eran las formas correctas, lo cual todos deberían hacer.

   La razón que finalmente me ha llevado a realizar esta reflexión viene dada por las últimas reseñas recibidas con uno de mis libros, ya que en dos de las cuales hablan del mal uso que doy a los signos de interrogación y exclamación cuando he de combinarlos a la vez en preguntas formuladas en medio de gritos. Como en otras ocasiones sucediera, acudí a la ya tan mencionada RAE, descubriendo que en ningún momento erré con la forma en que los utilicé. ¿Qué queda entonces? Que cualquiera que lea la reseña tendrá presente que tengo problemas con la puntualización y que incluso puedo llevar a confundir en según qué partes por cuestiones como ésta. ¡Y la Real Academia de la lengua Española me da a mí la razón! Es decir, que mi ejercicio de consulta para optimizar la obra no sirve absolutamente de nada si luego cada lector (incluso el influyente lector que más tarde ha de reseñar el libro) no se esmera en conocer más profundamente nuestro idioma para dar una valoración acertada sobre qué escribe correctamente el autor y qué no.

   Concluyendo este post-queja: Si quieres hacer bien tu trabajo, lo mejor es que te preocupes por conocerlo lo mejor que puedas. Si no, probablemente quedes mal o, aún peor, hagas quedar mal a alguien que, por esa cuestión al menos, no se lo merece.





Jorge A. Garrido

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