Entrevista en "El rincón de Nesa"

lunes, 30 de junio de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Desde El rincón de Nesa llega hoy una más que completa entrevista que me hicieron la semana pasada. En ella podéis conocer un poquito más sobre mí y mis obras. Mil gracias a la entrevistadora por su interés y paciencia.

Entrevista en El rincón de Nesa.





Jorge A. Garrido

Relatos breves: Un buen remedio

lunes, 12 de mayo de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido
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-El relato en Wattpad



Los dos críos salieron corriendo desde el interior del cuarto de baño en una clara competición por ver quién era el primero en llegar hasta el dormitorio. El niño, de siete años, dos más que su hermana, tiró de la manga del pijama de ésta y se puso por delante, metiéndose de un salto bajo las sábanas de su cama. El padre, Manuel, un hombre delgado, de pelo corto y sin barba, por orden expresa de su mujer, les seguía a pocos metros.
Vamos, no arméis tanto jaleo, que no estamos en casa.
En nuestra casa tampoco quieres que hagamos ruido ―apuntó Raúl.
Es cierto, pero, con más razón aún, en casa de la abuela tenéis que portaros mejor.
¿Por qué?
A ver, Lucía. ¿Quieres que la abuela piense que sus nietos son unos vándalos desvergonzados?
¿Qué es gánvalos?
Gánvalos no, tonta. Vándalos. Es como delincuentes, ¿verdad, papá?
Más o menos, sí. Y si tú lo sabes, ¿por qué no te portas como debes?
No sé.
No sé, no sé... ―riñó cariñosamente a su hijo mientras éste se retorcía para evitar las cosquillas―. Bueno, ¿os habéis lavado bien los dientes?
Sí ―dijeron al unísono.
A ver... ―Manuel se agachó e hizo como si revisara las bocas de los críos―. Vale, parece que están limpios. Ahora, tumbaos y a dormir.
Nooooo... ―se quejó el mayor―. Cuéntanos un cuento.
Ya eres mayor para un cuento.
Pero es que no tengo sueño.
Vosotros tumbaos y cerrad los ojos. Veréis cómo os quedáis dormidos enseguida.
¿Y si no puedo?
Manuel se sentó en la cama de Raúl y le revolvió el pelo castaño y corto, lo que le enfadó un poco. Había salido presumido el crío.
Los dos os habéis pasado la tarde entera jugando con el perrillo de la abuela y el pobre está ya durmiendo, que le habéis agotado. ¿No oís cómo ronca? Yo le escucho desde aquí.
Los tres se quedaron un momento en silencio para escuchar los ronquidos, los niños estirando el cuello mientras imitaban al padre.
¡Ah! Sí. Yo sí lo escucho ―afirmó la inocente chiquilla, realmente convencida de haberlo oído.
¿Lo ves? Tu hermana también lo escucha. Venga, a dormir.
Raúl, no demasiado satisfecho con la declaración de su hermana, hizo finalmente caso a su padre y se tumbó, aferrándose a las frescas sábanas.
Manuel retrocedió unos pasos y se apostó en el marco de la entrada, deseándoles muy buenas noches. Una vez les vio listos para dormir, bien arropados, apagó la luz y entrecerró la puerta. Sin embargo, no dio ni dos pasos fuera cuando ésta se abrió, surgiendo Lucía de entre las sombras.
Tengo que hacer pipí.
¡Oh, tesoro! Has tenido tiempo suficiente. ¿Por qué no lo has hecho aún?
Es que no me acordaba.
De acuerdo, ve al baño —accedió resignado.
Manuel se quedó en la puerta esperando a que regresara su hija. Al cabo de unos minutos volvió, la observó mientras se subía a la cama y se tapaba y les deseó lindos sueños una vez más, pero no iba a ser tan fácil.
¡Papá! ―gritó Raúl cuando su padre ya se disponía a bajar los escalones que le llevarían a la planta baja, donde se encontraban su mujer y su suegra―. ¡¡Papá!!
¿Qué quieres ahora? —preguntó sin encender la luz, asomando tan sólo la cabeza en la estrecha rendija formada entre la puerta y el marco.
¿Me traes un vaso de agua?
Vale ―dijo tras un suspiro―. Ahora te lo traigo.
Manuel era un hombre paciente, pero se encontraba muy cansado. Su suegro murió hacía cinco años y la anciana, con setenta y tres, ya no se valía para hacer grandes faenas como arreglar el césped, cortar los pinos o dar pintura a la casa, tareas que él se encargaba de realizar cuando acudían religiosamente cada verano para pasar una semana echándole una mano. Así, además, tenían a los niños contentos, los cuales pasaban gran parte de las horas del día en la piscina de los vecinos, viejos e íntimos amigos de la familia que se mostraban realmente encantados de tener risueñas sonrisas de niños llenando nuevamente su casa tras la marcha de su hijo menor a la universidad.
¿Se han dormido ya, cariño? ―le preguntó María al verle pasar por delante de ellas.
Raúl tiene sed.
¡Esos niños te mangonean! —intervino de súbito la anciana—. Imagina cuando cumplan los quince o dieciséis. Para entonces no tendrás autoridad ninguna sobre ellos.
No me mangonean, señora. Si mi hijo tiene sed, no me importa llevarle un vaso de agua.
Espera, espera, que subo. Verás cómo a mí sí me hacen caso.
Su suegra ya hacía el intento de levantarse del sofá, lo cual le llevaría casi un minuto, tal era la obesidad de la mujer, que la encajaba, literalmente, en el sofá. Manuel se apresuró a evitar que hiciera el esfuerzo.
No se preocupe, de verdad. No es necesario que usted suba.
Pues haz bien tu trabajo de padre y que dejen de quejarse.
Descuide.
El hombre reanudó su camino hacia la cocina, con María ya de pie y siguiéndole muy de cerca.
Cariño —empezó a decir ella en voz baja mientras le sujetaba por una de las manos y le obligaba a volverse—, no le hagas caso; no lo dice con mala intención.
Tranquila, Mari. No es algo que me afecte demasiado.
Por cierto, ¿alguna vez la llamarás por su nombre, en lugar de señora?
Soy respetuoso con ella, sólo es eso.
Ya, lo sé, pero es que a veces parece que la trates como a un sargento.
Bueno, a veces se comporta como tal.
La mujer se acercó un poco más a su marido y rodeó su cuello con los brazos.
No me gusta que en ocasiones te haga sentir incómodo, pero sólo nos quedan tres días para irnos. Te prometo que podrás descansar y disfrutar de tus vacaciones en cuanto lleguemos a casa.
Hmm... Lo sé. Todas las noches cojo el calendario de mi cartera y voy tachando los días que llevamos. ―La mujer esbozó una tierna sonrisa y besó a Manuel en los labios―. Además, hago esto más por ti que por ella. Entiendo que te preocupes y quieras que le echemos una mano.
Es muy mayor y necesita nuestra ayuda ahora que está sola. ¿Qué le vamos a hacer? Es una gruñona, pero no deja de ser mi madre.
¡Mira! Pues he visto fotos suyas de joven y sois clavaditas. Pelo largo y rubio, delgaditas, altas, muy guapas... ¿No podría ser igual de amable y cariñosa que tú?
María cambió la expresión de su rostro, adquiriendo su boca una extraña mueca mientras entrecerraba los ojos.
¿Quieres que mi madre sea contigo tan cariñosa como yo?
¡No, no! No te cueles ―dijo entre risas―, pero no sé por qué se tiene que quejar tanto. Aunque... Iguales de jóvenes, ella ahora es una gruñona... ¿Tú no serás de mayor tan cascarrabias como ella, verdad?
No, tonto.
Lo digo en serio. Si vas a ser igual dímelo para que me vaya buscando a otra.
¡Vaya! Y dime, ¿a quién vas a encontrar que sea mejor que yo?
María atrajo a su marido con sus brazos y volvió a besarle, en esta ocasión de forma mucho más apasionada que antes.
Bueno, visto así... Tienes razón; no habrán muchas mejores que tú.
Anda, sube ese vaso de agua.
Manuel observó cómo su mujer se alejaba en dirección al salón. Mientras lo hacía, por su cabeza pasó una única idea: no podría, ni quería, encontrar a nadie que la sustituyera.
Una vez que ella desapareció tras la puerta, el hombre se giró a por un vaso y lo llenó de agua de una botella de la nevera.
A ver si ahora consigues que se duerman ―le recriminó la anciana en cuanto vio a su yerno salir de la cocina.
Sí, señora.
Si no lo consigues, que no creo que lo hagas viendo la hora que es, mándamelos a mi habitación para que duerman conmigo, que yo voy a acostarme en unos minutos.
Manuel no le respondió. Comenzó a subir la escalera pensando que lo que quería era que se durmieran, no que permanecieran desvelados toda la noche por culpa de sus ronquidos.
Cuando llegó a la habitación, vio que los niños estaban jugando a darse almohadazos, cosa que no le sorprendió en absoluto vistas las pocas ganas que tenían de dormir.
¡Pero bueno! ¿Qué hacéis levantados? ¿No os dije que a dormir?
Sí, pero no tenemos sueño. ―Era lo que afirmaba Lucía, aunque un largo bostezo asomó en su rostro en cuanto terminó la frase.
Pues no lo parece, tesoro. Toma, Raúl. Y bebe despacio.
El niño apuró el vaso de agua y se lo devolvió a su padre, el cual lo puso sobre la mesita de noche que había entre las dos camas. A continuación, se sentó en la que ocupaba Lucía.
A ver, es sencillo. Os tumbáis, cerráis los ojos y contáis ovejitas. Así os dormiréis sin daros cuenta.
Eso no funciona ―replicó Raúl.
Conmigo funcionaba cuando era pequeño, ¡y no se me escapaba ninguna! Conseguía que todas se quedaran dentro del cercado.
Los niños sonrieron a la par que el padre.
Queremos un cuento. —Raúl no iba a rendirse, por lo que Manuel se giró hacia su hija.
¿Tú también, Lucía? ―La chiquilla afirmó con un seco cabeceo, momento en que a Manuel le llamó la atención la aparición de su suegra atravesando el pasillo por delante de la puerta para llegar a su dormitorio. Al verla, una idea pasó por su cabeza―. Sí, un cuento. ¿Por qué no?
Los niños se sentaron juntos en la misma cama, dejando a su padre en la que estaba más cerca de la puerta, de espaldas a ésta. A continuación, estiró un brazo hacia el interruptor que tenía detrás y apagó la luz, iluminada la habitación tenuamente con la que entraba desde el pasillo.
Como veo que no tenéis sueño, os voy a contar una cosa que me pasó hace muuucho tiempo en esta casa.
Pero queremos un cuento ―refunfuñó el mayor.
¡Uy! Es mucho mejor que un cuento. Veréis, hace varios años, cuando vosotros aún no habíais nacido y yo empezaba a salir con mamá, me vine de vacaciones unos días para conocer a vuestros abuelos.
¿De vacaciones como ahora?
Sí, tesoro, de vacaciones como ahora. ―Con la pobre luz que procedía de la puerta abierta que Manuel tenía tras de sí, los críos apenas veían ningún rasgo de la cara de su padre, situación que les incomodó un poco―. Era la primera vez que venía y no conocía la casa. Vuestro abuelo se portó muy bien conmigo y nos pasamos todo el día hablando y riendo, pero la abuela necesitaba que alguien fuera a hacer unas compras para la cena. Como él tenía que esperar a un amigo para darle una cosa y mamá tenía que ayudarla a ella en la cocina, yo me ofrecí para ir a comprar.
«Cuando me explicaron dónde se encontraba la tienda, salí por la puerta de atrás y sorprendí a un niño de vuestra edad, más o menos, intentando mirar por encima de la valla de los abuelos, pero al verme se asustó y salió corriendo. Yo no le di importancia en aquel momento y me marché a hacer la compra.
«Tardé un rato en encontrar la tienda, pero no estuve mucho tiempo en ella. Cuando regresé, volví a ver a aquel niño mirando hacia el jardín. Yo me acerqué despacio, sin que él se diera cuenta, y le agarré por el hombro.
¿Por qué estaba allí? ―preguntó Raúl muy intrigado mientras veía a su padre realizar los mismos movimientos de sigilo y caza que describía.
Esta vez no intentó correr y eso fue lo que le pregunté. Él me dijo que se le había caído el balón en el jardín, pero no se atrevía a llamar porque le dijeron unos amigos que aquí vivía un monstruo que se comía a las personas. ―Sus hijos abrieron los ojos sorprendidos, efecto que Manuel esperaba conseguir de un momento a otro; había captado toda su atención.
¿Y los abuelos no sabían nada? —Ahora fue la niña la que preguntó.
No, tesoro. O, al menos, ellos no me dijeron nada de que hubiese un monstruo en la casa. Yo le dije al niño que eso no era cierto, que había estado todo el día dentro y no vi nada, pero él insistió en ello. Incluso me dijo una cosa más: que el monstruo aparecía de noche y sólo se comía a las personas que encontraba despiertas.
»Ya que era de día y, en teoría, el monstruo sólo salía de noche, le invité a pasar para que buscásemos la pelota, pero tampoco así quiso entrar. Tenía mucho miedo, por lo que le dije que yo la buscaría y se la daría cuando la encontrara.
«Entré en la casa y me fui directo a la cocina. Allí estaban mamá y la abuela, así que les di la compra y les conté lo que el niño me había dicho. Mamá se rió de buena gana, pero la abuela se quedó completamente callada. Entonces, salí de la cocina y me fui al jardín para buscar la pelota, aunque yo no la vi por ningún sitio.
«Decidme, ¿habéis visto la ventanita cuadrada del sótano? La que se ve desde el jardín, casi en el suelo. ―Los niños dieron un tímido al padre―. Pues la vi abierta y pensé que podría haber caído por ella.
«Me metí en casa y abrí la puerta que llevaba al sótano. Daba un poco de miedo, ya que no se veía absolutamente nada. Además, de nada valió que buscase el interruptor, porque éste no funcionaba. Por suerte, vuestra madre pasó por allí y le dije lo que estaba haciendo, así que me pidió que esperara un momento y al poco apareció con una linterna. Tras dármela, se fue otra vez a la cocina.
«Bajé las escaleras, despacito, porque la linterna tampoco iluminaba demasiado. Allí hay muchos escalones y ya entonces crujían tanto que pensé que alguno podría romperse, aunque ninguno cedió. Sin embargo, no sé si sería por el viento, la puerta de detrás mía se cerró de golpe. Aquello me asustó, y mucho, pero, ya que estaba allí, quería encontrar el balón para dárselo al niño, por lo que seguí bajando.
«El sótano es un lugar enorme y hay muchas cajas amontonadas que no sé qué tendrán, aunque en su momento tampoco me atreví a mirar dentro. No se escuchaba nada allí abajo y olía muy mal, como la arena del gato del tito Eduardo. Había, también, dos estanterías muy altas y largas con unos botes muy extraños en ellas.
«Entonces, de pronto, la linterna se apagó. Me asusté porque estaba todo muy oscuro y sólo entraba un poco de luz por la pequeña ventana que daba al jardín. Además, como encima se estaba haciendo de noche, casi no se veía nada. Así, lo que intenté fue ayudarme de mis manos para poder andar pegado a una de las estanterías y no tropezar con nada.
»Una cosa me llamó mucho la atención; donde acababa el mueble vi tres maniquíes, como los que están en el escaparate de las tiendas, pero éstos no estaban vestidos. Lo único que tenían eran unas pelucas, lisas y tan largas como para llegar a los hombros. Mmm... ¡Ya sé! ¿Habéis visto el pelo de la abuela? ―Los niños ya habían perdido el habla y casi también la capacidad de moverse. Se mantenían uno pegado a la otra, embobados mientras escuchaban a su padre―. Pues esas pelucas eran iguales al pelo de la abuela. Aquello me sorprendió un poco, pero decidí continuar buscando la pelota.
«De pronto, sin aviso, la linterna se encendió otra vez y al iluminar la pared de enfrente vi lo que estaba buscando. Cogí el balón y corrí hacia la escalera, pero, al llegar arriba, la puerta se abrió sola, justo cuando iba a tirar del pomo; delante mía apareció la abuela. Ella me miró muy seria y me regañó por haber bajado al sótano. Le enseñé el balón y le expliqué que sólo fue un momento, así que me dejó ir, un poco a regañadientes, y fui a buscar al niño de antes.
«Aún estaba allí, de puntillas, asomado por encima de la valla. Cogió rápidamente el balón y echó a correr sin darme las gracias siquiera, pero se paró en seco a no muchos metros y giró despacio sus talones hacia mí. Se acercó sin dejar de observar la valla y me pidió que me agachara. Al oído me dijo, en voz baja, que cuando se hiciera de noche me fuera rápido a dormir porque el monstruo no se come a los que están dormidos. Sin embargo, si ve a alguien despierto... ¡Se lo come! —Los niños dieron en ese momento un buen brinco en la cama, aunque aún le aguantaron un poco más la mirada—. Pero, ¿sabéis qué es lo peor de todo?
¿Qué? ―susurró Lucía, tan asustada como su hermano mayor.
El niño me contó que cuando el monstruo se come a alguien se transforma en esa persona y habla y se comporta exactamente igual que ella. Y sólo hay una forma de saber que es el monstruo: hay que tirarle del pelo porque... ¡Usa peluca!
En ese momento, los dos niños lanzaron un sonoro grito, mirando algo por encima de Manuel. Éste se volvió y comprobó cómo su suegra le miraba desde la puerta, con cara de enfadada y sin su pelo postizo, probablemente lista para irse a dormir. Entonces, giró sobre sí misma y se marchó gruñendo algo que el hombre no llegó comprender, pero suficiente tenía éste con ocultar las carcajadas que asomaban a su garganta, más aún cuando al mirar hacia donde hacía un minuto estaban sus hijos únicamente vio dos temblorosas siluetas bajo las sábanas.
Por supuesto, se metió en la cama con ellos y les dijo que no temieran nada, que él no iba a permitir que el monstruo se los comiera.
Los niños tardaron bastante en quedarse dormidos, al fin convencidos de que su madre ya estaba fuera de peligro, y Manuel pensó en lo mucho que le costaría explicar a su suegra la parte que hubiese escuchado, aunque no podía negar que durante aquel rato lo había pasado de miedo, disfrutando como pocas veces lo había hecho en aquella casa.





Jorge A. Garrido

Una muerte épica

lunes, 5 de mayo de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido
   La web Tierra Quebrada ha puesto en marcha la quinta convocatoria del Proyecto Gólem. El tema es "una muerte épica", un nuevo reto para los escritores e ilustradores que participan en él. En esta ocasión, además, lo que os presento se basa en el nuevo universo en el que estoy trabajando.

   Podéis leerlo clicando en este enlace. O ver otras entradas del proyecto haciendo click en este otro.





 Jorge A. Garrido

Tantos escritores como setas en otoño

lunes, 21 de abril de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido


   Según la perspectiva desde la que se mire, el mundo de la literatura goza de poca o mucha salud. Y es que venderse no se venderán muchos libros, pero escritores hay hasta en la sopa. ¿Las causas de semejante brote? Yo creo que existen dos factores determinantes. Por un lado, el acceso a herramientas que facilitan enormemente tanto escribir como desarrollar por uno mismo todas las cuestiones de edición. Por otro, la crisis global, que nos ha dejado a mucha gente parada que no trabaja ni sabe en qué más invertir su tiempo. Bueno, de acuerdo, puede que algunos de éstos simplemente hayan encontrado al fin el valor de lanzarse a realizar su sueño de escribir un libro, pero hablamos de muchos, muchos nuevos escritores, y sin tiempo de sobra no habrían tantos. Ahora, ¿es bueno este incremento sin precedentes? En mi opinión: no, no lo es en absoluto.

   Respecto a los lectores, éstos pagan un dinero por un producto que esperan optimizado. Siempre es posible encontrar erratas en una obra comercial, pues los correctores y traductores siguen siendo personas, pero esas facilidades de las que antes hablaba están propiciando que se sature el mercado (sobre todo el digital) con miles de obras mal estructuradas, una horrible maquetación y repletas de errores ortográficos y gramaticales que distraen de la lectura y la vuelven engorrosa, debiendo leerse párrafos enteros varias veces para poder captar las ideas que intentan transmitir. Así, el lector se cansará pronto, incluso llegará a sentirse estafado por la compra, y, entonces, dejará de acercarse a cualquier obra que no esté avalada por una editorial que le dé esa confianza que necesita con sus siguientes libros.

   De cara a los autores que realmente cuidan sus trabajos y todos sus aspectos y características, éstos ven cómo su obra queda sepultada por otras tantísimas más que no poseen siquiera una mínima calidad. Poco importa el largo tiempo invertido en corregir cada posible errata, en leer varias veces su obra con detenimiento para evitar lagunas, contradicciones y otros errores, el agenciarse un grupo de personas de confianza que la lean y valoren. Va a pasar desapercibida, en un momento clave antes de que el lector que quería apostar por nuevos autores, harto de malos y muy descuidados libros, pase olímpicamente de cualquier novel.

   Aún más, existe un tercer valor a tener en cuenta. El número tan enorme de nuevos escritores ha traído consigo un incremento de las malas editoriales. Esto es, empresas dedicadas a aprovecharse de la ilusión y el desconocimiento de los autores noveles para ganar dinero a costa de ellos, ni siquiera de su trabajo como cabría esperar del mercado literario convencional. Les engañan y hacen firmar contratos con cláusulas del todo abusivas, abandonados más tarde una vez que ya les han sacado todo lo que pretendían obtener de ellos (y no de la venta de sus libros). ¿Son así todas las editoriales? No, o eso espero, aunque se da la situación de que las grandes firmas se ven saturadas de manuscritos y hay muy pocas que al final quieran arriesgar su capital con éstos, no ahora que, como decía al comienzo, ya no se venden tantos libros.

   Así las cosas, ¿cuál es el futuro de este mercado, de los escritores y la literatura? La verdad, veo un futuro muy poco alentador, pues aunque muchos abogan por un cambio editorial y por el desbancamiento del poder y control absoluto de las editoriales, otros suspiran porque este boom de nuevos autores se desinfle y la oferta se adecue a la demanda.
   En conclusión, y a modo personal, creo en una solución intermedia, en un equilibrio de las ideas expuestas por ambos extremos. No tiene sentido que no se tenga en cuenta las miles horas de trabajo del escritor, en ocasiones durante años, para percibir una tan pequeña porción de los beneficios y que incluso sus derechos sobre sus propias obras le sean arrebatados ante el control desmesurado de las editoriales. Ahora, tampoco se le ha de ceder una libertad total a los escritores (sin filtro alguno para la evaluación y correción de la obra), ya que el receptor final de tan largo proceso es el que va a determinar con su dinero que estos projectos sean o no viables. Y aquí entra una certeza ineludible: si nadie compra libros, la figura del escritor deja de tener sentido.





Jorge A. Garrido

Literatura novel a precio de oro

lunes, 7 de abril de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Leer es un buen hábito que no habría que perder nunca. Sin embargo, algunos se excusan en que no tienen tiempo (cuando, por ejemplo, se puede leer mientras esperas y usas el autobús o en lugar de zapear durante horas en la televisión sin encontrar nada); otras personas dicen que se aburren (quizá sea más probable que no encontraron el libro indicado para ellos); y otros tantos alegan que no pueden dejarse tanto dinero en libros (discutible razón cuando existen los mercadillos y tiendas de segunda mano en los que casi los regalan a puñados, o las mismas bibliotecas, que ofrecen lectura totalmente gratis), pero hoy me he topado con algo que podría concretar en un no puedo dejarme tanto dinero en obras de autores noveles.

   Para que entendáis a lo que quiero llegar, voy a explicar algo muy brevemente. Ya llevo unos años en el mundo de la autoedición y uno de los problemas a los que he tenido que enfrentarme es asumir el elevado coste en conjunto, tras cada uno de los procesos a realizar hasta tener un ejemplar físico en mis manos. Fuera aparte de algunos opcionales, como pueda ser contratar un ilustrador o el tema de la publicidad, aún hay que realizar una serie de pagos imprescindibles, como todo lo relacionado con los asuntos legales para su registro, publicación y venta o la tarifa que nos impondrá la imprenta si es que lo queremos impreso. Sí, existe la posibilidad de vender la obra únicamente por medios digitales, pero aún habemos muchas personas que huimos de este tipo de tecnología y preferimos disfrutar del libro convencional cuando y donde nos plazca. Por tanto, hay que ir juntando facturas para determinar el precio de coste. Es un mínimo imprescindible para no perder dinero (aunque hay quien afirma que el tiempo se paga, y se gasta mucho tiempo en esta actividad, doy fe) y a pocos les sobra como para, al menos, no recuperar lo invertido.

   Debo decir que tuve suerte, pues he conseguido las ventas necesarias para equilibrar la balanza y así cubrir los gastos de mi edición. Ahora, ¿ganancias? Sí, quizá para una cenita para dos me haya dado, pero ya era consciente de que esto, por ahora, no me iba a dar para vivir. Me lo tomo como un hobby al que le dedico mucho más tiempo que a cualquier otro, el cual por momentos se hace muy duro y no es menos verdad que hay que trabajar muchísimo para ver resultados. Y todo esto, vendiendo unos ejemplares de casi cuatrocientas páginas a catorce euros, y asumiendo por mi cuenta los gastos de envío para aquellos que no puedan comprármelo en persona. Sí, catorce, un precio sumamente elevado (he de reconocerlo) para una obra que, mejor o peor, pertenece a un escritor novel. Mi comprador se arriesga con alguien del que apenas tiene referencias y hoy día, encima con la que está cayendo, hay que pensárselo muy bien a la hora de soltar un sólo euro. De ahí que comprenda que no puedo esperar un mayor volumen de ventas que el ya conseguido, cuando, además, estoy vendiendo sólo un euro y medio por encima del precio de coste. Irrisorio, desde luego, pero necesario para no quedarme con todos ellos amontonados en casa.

   Pero oye, que nadie se equivoque. No estoy llorando porque no pueda saborear las mieles del éxito con tiradas de libros que se vendan solas y repercutan muy positivamente en mi cuenta corriente, sino por el precio al que me veo obligado a ponerlos cuando considero que cualquier lector de un novel no debería pagar más que ocho o nueve euros por sus libros (siempre hablando de ejemplares medianamente gruesos, no de esas novelas que casi parecen más revistas o folletos por unas escasas 150 páginas). Entonces, en este caso, sí que entiendo las excusas sobre comprar libros pertenecientes a estos escritores, que no pueden compararse con grandísimas obras clásicas que puedes encontrar nuevas por apenas cuatro o cinco eurillos. A mí, al menos, me es imposible poner ese precio, con el cual sí se vendería a buen ritmo, pero tampoco puedo permitirme perder dinero.

   Y todo esto lo he puesto aquí como crítica ya no al precio de los libros de los autoeditores, sino del que ha sido impuesto por todas esas editoriales que siempre he considerado como unas aprovechadas de la ilusión de los escritores que sueñan con llegar a ser algún día profesionales de este oficio, engañados con promesas y bonitas palabras que les lleva a ganar dinero a su costa y, a su vez, frenar en seco cualquier posible avance en la carrera de estos escritores noveles. Y es que en esta andadura he conocido algunos otros compañeros de este arte cuyas obras me han llamado la atención y, ¿qué mejor que invertir en sus libros para ayudarles a crecer y empaparme de nueva literatura, ésa por la que normalmente no suelen arriesgarse las editoriales serias (que minimizan esos riesgos atendiendo a las modas y a los nombres de escritores ya reconocidos)? Es de esta forma como paso a comprobar que el precio que estas editoriales de tres al cuarto les colocan a sus libros se muestra totalmente desmedido, buscando en todo momento el si cuela para ganar dinero sin apenas trabajar por ello.

   Echando un vistazo unos párrafos atrás, recordaréis que dije que el precio de mi libro era de catorce euros. Bien, esto le ocurre a una persona a la que ya sólo la imprenta, por tratarse de una tirada tan pequeña y sin ofertas que ofrecerle porque igual ni vuelve a ella, le cobra un pastizal. Por contra, una editorial que se jacta de editar a numerosos autores y que tiene una imprenta con la que trabaja de continuo, ¿no recibe buenas ofertas y descuentos para que continúe confiando en ella, para que no se busque otra con precios más reducidos y que le dé mayores beneficios? La respuesta parece clara, ¿no? Entonces, ¿quién me explica a mí por qué un libro de similares características al mío (Din A5, tapa blanda, blanco y negro y casi 400 páginas) puede costar veinte euros, más cinco de gastos de envío? Habéis leído bien, VEINTICINCO EUROS si quiero un libro de un AUTOR NOVEL. ¿Me entendéis ahora? Está empezando, no es conocido, hay que promocionarlo bien y ayudarle a vender. ¿Así se consigue? ¿Éste es el camino? Cualquier lector (que no sea amigo o familiar suyo) va a comparar ese exagerado precio con el de grandes escritores (en buenas editoriales) y no se lo va a pensar: va a dar de lado al novel. Vamos, que yo también lo voy a hacer. Quería apoyar a éstos que con tanta ilusión escriben, pero si no puedo dejarme ese dinero con grandes obras a las que tantas ganas les tengo, ¿lo voy a hacer arriesgándome con personas que están empezando en el oficio sin seguridad de que me encuentre un trabajo bien hecho? Veinticinco... Como decía, carrera y ventas lastradas, por una editorial que no parece muy preocupada por que su editado crezca en el mercado literario. Y aún espero que no fueran tan tontos como para aceptar una coedición (con la cual, encima, los mismos autores pagan una cantidad de dinero por ser editados, por mucho que estos ladrones lo camuflen de copago).

   Pero... Un momento. A ver si es que esa obra que consulté para comprarla es un superventas (y yo sin enterarme) y en realidad se está vendiendo genial a ese precio. Pues vamos a la portada de la editorial. ¿Qué veo? Tres libros de los cuales no conocía su existencia: 366 páginas a 20 euros, 302 a 20 euros también... Parece un stándar, sin atender siquiera a que con menos páginas debería costar menos dinero hacer el libro. Pero oye, al menos han tenido la decencia de dejar un folleto de 162 páginas a QUINCE euros. Eso sí, los cinco de gastos de envío se añaden más tarde...





Jorge A. Garrido

Conversación con un dragón

viernes, 21 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   La web Tierra Quebrada ha puesto en marcha la cuarta convocatoria del Proyecto Gólem. El tema es "conversación con un dragón" y esta vez se presenta como un reto para los escritores e ilustradores que participan, pues se limita mucho esa libertad que hasta ahora nos habían dado. Sin embargo, también podemos tomarlo como una oportunidad para demostrar a nuestros lectores de qué somos capaces cuando nos presionan. Sin más, os dejo en este post mi participación en esta convocatoria.

   Podéis leerlo clicando en este enlace. O ver otras entradas del proyecto haciendo click en este otro.







Jorge A. Garrido

Comienzo de la quinta novela

miércoles, 5 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Escueto y directo al grano: Ya he empezado a trabajar en el que es mi quinto gran proyecto. Los cuatro anteriores y las críticas recibidas en ellos me han enseñado mucho, así como durante su desarrollo he ido apuntando distintas ideas que no encajaban del todo con lo que en aquellos momentos tenía entre manos, las cuales dan forma a la obra de la que hoy os hablo.

   Con una sólida base y establecida la idea general de la trama, vuelvo a centrarme en el género de la fantasía épica en busca de un mundo y personajes mucho más complejos que los vistos en la saga Ojos de reptil. Se trata de un universo completamente nuevo cuyo reto no se me plantea en cuanto a una historia capaz de desmarcarse de lo ya escrito, sino por sus protagonistas. Cóler, Drana, Frel, Bállastar, Ráziel, Saguia, Cíos... Son muchos los personajes que desarrollé, cada uno con su propia personalidad y características, pero creo tener la capacidad suficiente para dar vida a otros sin que nadie pueda decirme que sean, o parezcan, calcos de los anteriores.

   Así, aún sin nombre para ella pero con una dirección clara y ya definida, iré actualizando poco a poco los avances en su correspondiente ficha de la sección proyectos. Allí podréis seguir su evolución, un desarrollo que se me antoja bastante más largo que el de los libros anteriores.





Jorge A. Garrido

Relatos Breves: El viejo hospital

lunes, 3 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido
*Clica en el primer enlace para ver el relato en wattpad, pincha en el recuadro para leerlo en formato Issuu o baja un poco más para hacerlo directamente en el post.

- El relato en wattpad



Luís estalló en carcajadas. No podía dejar de reír, aunque tampoco lo habría conseguido de haber querido parar, por mucho que lo intentara.
¡Nunca podría cansarme de esto! —exclamó Fran a su vez, encorvado entre risas.
Como en otras tantas ocasiones, los dos vigilantes de seguridad se habían echado a suertes quién sería el encargado de ahuyentar al intrépido chiquillo que se atrevía, con fingida valentía frente a sus amigos, a entrar en el abandonado hospital del centro de la ciudad. Para ello, actuaban siempre de la misma manera, no importaba cuál de ellos lo hiciera, procurando dar un tremendo susto al crío tras resguardarse en las sombras y aparecer repentinamente, de forma que éste saliera corriendo sin saber en realidad si quien saltaba delante suya era un hombre o incluso un fantasma.
No eran pocos los niños que entraban en el edificio en ruinas, un juego peligroso ya que la estructura daba la impresión de no ser demasiado estable, pero sumamente atractivo a la hora de picar a alguno de los miembros de la cuadrilla. Los vigilantes ya estaban acostumbrados a sus incursiones, que venían produciéndose desde hacía años, y siempre elegían la puerta de urgencias, la cual daba a una calle mucho menos transitada que la principal. En esta ocasión, el chico no tendría más de doce o trece años.
Luís, un tipo de metro ochenta de altura, esperó un poco más de lo habitual, dejando que el chaval se confiase. No obstante, cuando el niño se hubo acercado lo suficiente al mostrador, abandonó de un brinco su escondite, profiriendo los mayores alaridos que su garganta le permitió soltar. En su huida, el crío tropezó varias veces, llegando a rodar por el suelo hasta salir finalmente por la puerta como alma que lleva el diablo, entre gritos que no le harían más que ganar las burlas de sus compañeros.
¡Uno de los mejores sustos que he visto! —le elogió Fran.
Gracias. También ha sido uno de los que más corría, ¿verdad?
Se colocó mejor el cinto que sujetaba los distintos aparejos a su cintura y se dirigió hacia el ancho pasillo para reunirse con su compañero. Éste, que ya había comenzado a andar al verle a su lado, arqueó las cejas de forma muy exagerada, cambiando de tema al instante.
Por cierto, ¿hoy no es tu cumpleaños?
Luís, un poco más alto y mucho más delgado que su amigo, se paró en seco, obligando también a su compañero a detenerse.
Pues... No estoy seguro. ¿Era en Octubre?
¡Desde luego! —La pregunta pareció incomodar al orondo vigilante—. No me digas que ya no lo recuerdas.
Luís reanudó la marcha, pensativo.
No creo que importe demasiado si me acuerdo o no de una fecha que hace tiempo que no significa nada para ninguno de nosotros.
Pero es importante recordar. —Fran movía la cabeza de un lado a otro, desaprobando la afirmación de su amigo—. Si no, mira a...
Sus palabras y pasos fueron interrumpidos por un suave maullido mientras cruzaban las puertas que daban al ala B. Al frente, a escasos metros, apareció un traslúcido cuerpo de color celeste cuyo rostro apenas era reconocible, pues en él no se veían formas de nariz, boca u ojos.
Señora... —la saludaron muy respetuosamente, acompañando sus palabras con un leve cabeceo cuando pasó junto a ellos.
El ente, delgado y pocos centímetros más bajo que Fran, no se detuvo ni un instante, ni siquiera para devolver el saludo que le dedicaron. Se limitó a girar la cabeza tan sólo para comprobar, de poseer la facultad de ver, si su acompañante seguía su estela. Y, efectivamente, allí estaba. Unos pasos por detrás suya, caminaba un jovencísimo gato, quizá un siamés por sus rasgos, aunque de formas demasiado redondeadas para asegurar que se tratara de dicha raza. Su piel, por extraño que pudiera parecer, poseía el mismo tono azulado que el conjunto de la mujer.
Una vez que la extraña pareja desapareció, literalmente, justo antes de alcanzar la puerta del otro extremo del pasillo, los dos amigos siguieron su camino.
¡¿Lo ves?! ¡A eso me refería! —continuó Fran—. Ella casi ha olvidado su propio rostro y el olvido hará que desaparezca.
Aún más, si cabe —apuntilló Luís.
Vamos, no estoy bromeando.
Yo tampoco, pero mira cómo si que se acuerda de su gato.
¿De su gato? Eso no tiene mucho sentido. —Fran abrió la puerta que daba al espacioso comedor, más por costumbre que porque realmente necesitaran abrirla para acceder a la enorme sala—. Supongo que es el alma del mismo gato quien se encarga de recordar su propia imagen.
Nunca pensé que los animales tuviesen alma.
¿Y por qué no? ¿Acaso no sienten, no sufren alegrías y penas?
Claro —Luís bordeó los restos de una vieja columna caída hacía ya muchos años—, pero de ahí a pensar que tienen alma hay un trecho.
Bueno, ahí lo tienes, detrás de su dueña, como hacía en vida.
Eso es lo que más me hace pensar que los animales no tienen alma. Si la directora del centro ya era una bruja cuando vivía, ¿por qué el gato sigue con ella? Podría haberse marchado.
¿A dónde? ¿Al cielo de los gatos? —Fran rió de buena gana, escuchándose sus carcajadas desde casi el otro extremo del hospital—. Todos los que perecimos en el incendio nos quedamos aquí. Tu, yo, incluso el gato de la señora Ramírez, como has podido comprobar desde hace ya cincuenta y dos años por estos mismos pasillos.
Luís meditó unos segundos cómo rebatir el razonamiento de su compañero y su azulado rostro se iluminó con una pícara sonrisa.
¿Y si se tratase de Álvaro?
¿Álvaro? —Al más bajo de los dos no le costó demasiado descubrir la idea que encerraba dicha pregunta—. ¿El marido de la directora?
¿Es que acaso no recuerdas sus acaloradas discusiones por los pasillos?
¡Claro que lo recuerdo! Frecuentes e intensas, no parecía importarles quién anduviese alrededor; cuando peleaban el mundo dejaba de existir. Pero él murió varios meses antes del incendio, de un infarto, creo.
¡Exacto! —exclamó Luís con ánimo—. ¿Y qué repetía él siempre antes de abandonar la discusión?
Ambos se detuvieron un instante, encorvaron sus espaldas, imitando la extraña postura del mencionado Álvaro, y gritaron al mismo tiempo, poniendo la voz lo más grave posible.
¡Ni muerto te librarás de mi, mala pécora!
Rompieron en sonoras carcajadas, que duraron varios minutos. Cuando al fin consiguieron tranquilizarse, aunque el grueso Fran aún tardaría un poco más en recuperar el aliento, continuaron su ronda diaria por el resto de las instalaciones.
Los dos vigilantes recorrieron a buen paso el camino que bordeaba el circular patio interior, protegido del sol por las enredaderas que ya nadie cuidaba y que crecían sin orden alrededor de las estrechas y altas columnas que delimitaban el jardín.
Una vez llegaron a la sala de recepción, Fran se acercó a grandes zancadas hacia la descolgada puerta de la entrada principal.
Esto no estaba aquí ayer —dijo animando a Luís a acelerar el paso.
Por detrás de la vieja y desvencijada puerta del hospital, sobre la oxidada verja que delimitaba el recinto, descubrieron un gran panel en el que se anunciaba el derribo del mismo y la posterior construcción de algún tipo de edificio gubernamental.
¡Vaya! —exclamó Luís, no sin cierto desanimo—. Parece que al fin van a echar estas ruinas abajo.
Si, demasiado han aguantado.
Los dos amigos retrocedieron con lentitud, afectados por la inesperada noticia.
¿Deberíamos avisar a alguien? —preguntó Fran.
¿Iba a servir de algo?
No, claro.
Caminaron durante muchos minutos sin decirse nada el uno al otro. En su deambular de vuelta a la zona de urgencias se tropezaron con otros fallecidos del incendio: Unos empleados del centro, algunos pacientes, un bombero...
¿Sabes? —comenzó Luís—. Quizá no sea tan malo. Es decir, llevamos ya más de cincuenta años recorriendo estos pasillos sin rumbo alguno.
Seguimos vigilando el hospital —le recriminó Fran—. ¿Es que ya no recuerdas al crío de hace un rato?
Sí —sonrió el más alto—, aunque cada vez se acercan menos chiquillos. Creo que en este año van sólo cuatro valientes.
Fran se vio obligado a asentir, muy a su pesar. Eran dos víctimas de la terrible tragedia y, como almas errantes, tan sólo tenían aquellas ennegrecidas paredes para el recuerdo.
No tenemos tampoco a donde ir...
Hombre, a mí aún me deben algunos días de vacaciones. —Luís intentaba, como siempre, soltar alguna payasada cuando algo afligía a su compañero, un hombre con el que compartió veintiocho años de servicio en aquel mismo lugar, además de otros cincuenta y dos tras el incendio. Casi una vida entera juntos—. A ver, ¿a dónde quieres que vayamos?
No lo sé, pero no me gustaría olvidar y desaparecer para siempre. Al fin y al cabo, somos una familia, extraña, pero lo somos.
Ambos espectros se detuvieron al llegar al pabellón infantil y observaron cómo algunos pequeños globos azulados correteaban entre risas a su alrededor. Al fondo, unos pocos saltaban sobre las camas, con otros entes en forma de enfermeras procurando bajarlos, como si fueran a hacerse daño si cayeran por alguno de los bordes.
Luís sonrió ante la escena, con una de las más tiernas expresiones que su rostro mostrara siquiera en vida.
Tienes razón —dijo.
¡Ah! ¿Si? —se sorprendió su compañero—. ¿Y qué vamos a hacer?
De momento, nada. —Fran miró de reojo a su compañero; no sabía si le hablaba en serio o si, en realidad, se encontraba tan confuso como él mismo—. Mientras no derrumben el hospital, todos seguiremos haciendo lo de costumbre.
Luís removió, con la palma de una mano, el cabello revuelto de lo que debía ser una niña de unos ocho años que se había escondido tras sus piernas.
¿Y después?
Nos adaptaremos al nuevo edificio.
¡¿Estás loco?! —exclamó Fran, que vio cómo su compañero ya había emprendido la marcha—. Una cosa es asustar a unos chiquillos de vez en cuando; otra muy distinta irrumpir en un edificio del gobierno a sembrar el caos.
¡Vamos! ¿Nunca leíste nada acerca de los cementerios indios?
¿Cementerios indios? —repitió muy lentamente—. ¿Donde los ancestrales espíritus de los indios allí enterrados emergen de la tierra para vengar la interrupción de su descanso? Eso son sólo cuentos para asustar a la gente.
Luís se detuvo al instante, con los ojos muy abiertos, sorprendido por sus palabras.
Mi querido amigo —dijo volviéndose hacia su compañero mientras se atravesaba con una mano el mentón en un infructuoso intento por rascárselo—, ¿me vas a decir, a estas alturas, que los fantasmas no existen?
Los dos inseparables compañeros se alejaron juntos entre nuevas carcajadas, mientras a sus espaldas las escasas enfermeras no daban a basto para controlar a los juguetones espectros.









Jorge A. Garrido

Nuevo reto en Tierra Quebrada

domingo, 2 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   ¿Ya leíste Cautivo de las tinieblas? En ese caso, y si también te gustan los retos, el portal Tierra Quebrada ha subido a su web un nuevo formulario de preguntas para poner a prueba tu capacidad como lector para esta novela. Sí, ya hubo uno anterior, pero en este que os presento hoy se ha acrecentado la dificultad. ¿Te crees capaz de superarlo? Haz click en este enlace y pásate luego a contarnos cómo te fue.





Jorge A. Garrido

Finalizada la obra Los Hijos de Daes

viernes, 31 de enero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Tal y como reza el título del post, hoy he finalizado mi cuarto gran trabajo. En concreto, se trata de la tercera novela dentro de la saga fantástica Ojos de reptil, con la cual, de momento, doy cierre a la misma. Han sido necesarios varios duros meses de trabajo, aunque no podría tener una mejor sensación tras darle punto y final. Ya no sólo se trata de quitarse el peso de encima por el esfuerzo realizado, sino también por el buen sabor de boca que me deja este libro.

  301 páginas en formato A5, 35 capítulos y 93.977 palabras. Éstos son los datos técnicos, aunque, repito, me sigo quedando con todo lo bueno que me deja dentro.

   La siguiente cuestión es, ¿y ahora? Por supuesto, aún toca darle un par de lecturas para su corrección, pero el mayor de los trabajos ya está hecho. En cuanto a su salida al mercado, a pesar de que quede poner a la venta la anterior entrega, ésta que me ocupa no tardará tanto en llegar a los lectores, pues necesita de las dos primeras para ser entendida, lo que suprime ese periodo de 7-8 meses visitando las editoriales del país.

   Respecto a la saga, es cierto que durante el desarrollo de la misma he creado una enorme telaraña para dar forma a un mundo complejo, dejando abiertas ciertas ramas que podría utilizar más adelante en otros volúmenes para hacer mayor el universo de Ojos de reptil, pero voy a dejarla descansar de momento. Tengo otros tantos proyectos en mente, buenas historias que no tienen mucho que ver con esta saga y esperan pacientemente a que me ponga a trabajar en ellas.

   Desde luego, esto no se detiene y cada vez me parece más emocionante. ¿Cómo dejarlo, entonces? Sencilla respuesta: No podría.





Jorge A. Garrido
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Empezó como un simple hobby y ya me encuentro escribiendo mi quinta novela. ¡Y las ideas no dejan de navegar por mi cabeza! www.delaplumaalaweb.com

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