Tantos escritores como setas en otoño

lunes, 21 de abril de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido


   Según la perspectiva desde la que se mire, el mundo de la literatura goza de poca o mucha salud. Y es que venderse no se venderán muchos libros, pero escritores hay hasta en la sopa. ¿Las causas de semejante brote? Yo creo que existen dos factores determinantes. Por un lado, el acceso a herramientas que facilitan enormemente tanto escribir como desarrollar por uno mismo todas las cuestiones de edición. Por otro, la crisis global, que nos ha dejado a mucha gente parada que no trabaja ni sabe en qué más invertir su tiempo. Bueno, de acuerdo, puede que algunos de éstos simplemente hayan encontrado al fin el valor de lanzarse a realizar su sueño de escribir un libro, pero hablamos de muchos, muchos nuevos escritores, y sin tiempo de sobra no habrían tantos. Ahora, ¿es bueno este incremento sin precedentes? En mi opinión: no, no lo es en absoluto.

   Respecto a los lectores, éstos pagan un dinero por un producto que esperan optimizado. Siempre es posible encontrar erratas en una obra comercial, pues los correctores y traductores siguen siendo personas, pero esas facilidades de las que antes hablaba están propiciando que se sature el mercado (sobre todo el digital) con miles de obras mal estructuradas, una horrible maquetación y repletas de errores ortográficos y gramaticales que distraen de la lectura y la vuelven engorrosa, debiendo leerse párrafos enteros varias veces para poder captar las ideas que intentan transmitir. Así, el lector se cansará pronto, incluso llegará a sentirse estafado por la compra, y, entonces, dejará de acercarse a cualquier obra que no esté avalada por una editorial que le dé esa confianza que necesita con sus siguientes libros.

   De cara a los autores que realmente cuidan sus trabajos y todos sus aspectos y características, éstos ven cómo su obra queda sepultada por otras tantísimas más que no poseen siquiera una mínima calidad. Poco importa el largo tiempo invertido en corregir cada posible errata, en leer varias veces su obra con detenimiento para evitar lagunas, contradicciones y otros errores, el agenciarse un grupo de personas de confianza que la lean y valoren. Va a pasar desapercibida, en un momento clave antes de que el lector que quería apostar por nuevos autores, harto de malos y muy descuidados libros, pase olímpicamente de cualquier novel.

   Aún más, existe un tercer valor a tener en cuenta. El número tan enorme de nuevos escritores ha traído consigo un incremento de las malas editoriales. Esto es, empresas dedicadas a aprovecharse de la ilusión y el desconocimiento de los autores noveles para ganar dinero a costa de ellos, ni siquiera de su trabajo como cabría esperar del mercado literario convencional. Les engañan y hacen firmar contratos con cláusulas del todo abusivas, abandonados más tarde una vez que ya les han sacado todo lo que pretendían obtener de ellos (y no de la venta de sus libros). ¿Son así todas las editoriales? No, o eso espero, aunque se da la situación de que las grandes firmas se ven saturadas de manuscritos y hay muy pocas que al final quieran arriesgar su capital con éstos, no ahora que, como decía al comienzo, ya no se venden tantos libros.

   Así las cosas, ¿cuál es el futuro de este mercado, de los escritores y la literatura? La verdad, veo un futuro muy poco alentador, pues aunque muchos abogan por un cambio editorial y por el desbancamiento del poder y control absoluto de las editoriales, otros suspiran porque este boom de nuevos autores se desinfle y la oferta se adecue a la demanda.
   En conclusión, y a modo personal, creo en una solución intermedia, en un equilibrio de las ideas expuestas por ambos extremos. No tiene sentido que no se tenga en cuenta las miles horas de trabajo del escritor, en ocasiones durante años, para percibir una tan pequeña porción de los beneficios y que incluso sus derechos sobre sus propias obras le sean arrebatados ante el control desmesurado de las editoriales. Ahora, tampoco se le ha de ceder una libertad total a los escritores (sin filtro alguno para la evaluación y correción de la obra), ya que el receptor final de tan largo proceso es el que va a determinar con su dinero que estos projectos sean o no viables. Y aquí entra una certeza ineludible: si nadie compra libros, la figura del escritor deja de tener sentido.





Jorge A. Garrido

Literatura novel a precio de oro

lunes, 7 de abril de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Leer es un buen hábito que no habría que perder nunca. Sin embargo, algunos se excusan en que no tienen tiempo (cuando, por ejemplo, se puede leer mientras esperas y usas el autobús o en lugar de zapear durante horas en la televisión sin encontrar nada); otras personas dicen que se aburren (quizá sea más probable que no encontraron el libro indicado para ellos); y otros tantos alegan que no pueden dejarse tanto dinero en libros (discutible razón cuando existen los mercadillos y tiendas de segunda mano en los que casi los regalan a puñados, o las mismas bibliotecas, que ofrecen lectura totalmente gratis), pero hoy me he topado con algo que podría concretar en un no puedo dejarme tanto dinero en obras de autores noveles.

   Para que entendáis a lo que quiero llegar, voy a explicar algo muy brevemente. Ya llevo unos años en el mundo de la autoedición y uno de los problemas a los que he tenido que enfrentarme es asumir el elevado coste en conjunto, tras cada uno de los procesos a realizar hasta tener un ejemplar físico en mis manos. Fuera aparte de algunos opcionales, como pueda ser contratar un ilustrador o el tema de la publicidad, aún hay que realizar una serie de pagos imprescindibles, como todo lo relacionado con los asuntos legales para su registro, publicación y venta o la tarifa que nos impondrá la imprenta si es que lo queremos impreso. Sí, existe la posibilidad de vender la obra únicamente por medios digitales, pero aún habemos muchas personas que huimos de este tipo de tecnología y preferimos disfrutar del libro convencional cuando y donde nos plazca. Por tanto, hay que ir juntando facturas para determinar el precio de coste. Es un mínimo imprescindible para no perder dinero (aunque hay quien afirma que el tiempo se paga, y se gasta mucho tiempo en esta actividad, doy fe) y a pocos les sobra como para, al menos, no recuperar lo invertido.

   Debo decir que tuve suerte, pues he conseguido las ventas necesarias para equilibrar la balanza y así cubrir los gastos de mi edición. Ahora, ¿ganancias? Sí, quizá para una cenita para dos me haya dado, pero ya era consciente de que esto, por ahora, no me iba a dar para vivir. Me lo tomo como un hobby al que le dedico mucho más tiempo que a cualquier otro, el cual por momentos se hace muy duro y no es menos verdad que hay que trabajar muchísimo para ver resultados. Y todo esto, vendiendo unos ejemplares de casi cuatrocientas páginas a catorce euros, y asumiendo por mi cuenta los gastos de envío para aquellos que no puedan comprármelo en persona. Sí, catorce, un precio sumamente elevado (he de reconocerlo) para una obra que, mejor o peor, pertenece a un escritor novel. Mi comprador se arriesga con alguien del que apenas tiene referencias y hoy día, encima con la que está cayendo, hay que pensárselo muy bien a la hora de soltar un sólo euro. De ahí que comprenda que no puedo esperar un mayor volumen de ventas que el ya conseguido, cuando, además, estoy vendiendo sólo un euro y medio por encima del precio de coste. Irrisorio, desde luego, pero necesario para no quedarme con todos ellos amontonados en casa.

   Pero oye, que nadie se equivoque. No estoy llorando porque no pueda saborear las mieles del éxito con tiradas de libros que se vendan solas y repercutan muy positivamente en mi cuenta corriente, sino por el precio al que me veo obligado a ponerlos cuando considero que cualquier lector de un novel no debería pagar más que ocho o nueve euros por sus libros (siempre hablando de ejemplares medianamente gruesos, no de esas novelas que casi parecen más revistas o folletos por unas escasas 150 páginas). Entonces, en este caso, sí que entiendo las excusas sobre comprar libros pertenecientes a estos escritores, que no pueden compararse con grandísimas obras clásicas que puedes encontrar nuevas por apenas cuatro o cinco eurillos. A mí, al menos, me es imposible poner ese precio, con el cual sí se vendería a buen ritmo, pero tampoco puedo permitirme perder dinero.

   Y todo esto lo he puesto aquí como crítica ya no al precio de los libros de los autoeditores, sino del que ha sido impuesto por todas esas editoriales que siempre he considerado como unas aprovechadas de la ilusión de los escritores que sueñan con llegar a ser algún día profesionales de este oficio, engañados con promesas y bonitas palabras que les lleva a ganar dinero a su costa y, a su vez, frenar en seco cualquier posible avance en la carrera de estos escritores noveles. Y es que en esta andadura he conocido algunos otros compañeros de este arte cuyas obras me han llamado la atención y, ¿qué mejor que invertir en sus libros para ayudarles a crecer y empaparme de nueva literatura, ésa por la que normalmente no suelen arriesgarse las editoriales serias (que minimizan esos riesgos atendiendo a las modas y a los nombres de escritores ya reconocidos)? Es de esta forma como paso a comprobar que el precio que estas editoriales de tres al cuarto les colocan a sus libros se muestra totalmente desmedido, buscando en todo momento el si cuela para ganar dinero sin apenas trabajar por ello.

   Echando un vistazo unos párrafos atrás, recordaréis que dije que el precio de mi libro era de catorce euros. Bien, esto le ocurre a una persona a la que ya sólo la imprenta, por tratarse de una tirada tan pequeña y sin ofertas que ofrecerle porque igual ni vuelve a ella, le cobra un pastizal. Por contra, una editorial que se jacta de editar a numerosos autores y que tiene una imprenta con la que trabaja de continuo, ¿no recibe buenas ofertas y descuentos para que continúe confiando en ella, para que no se busque otra con precios más reducidos y que le dé mayores beneficios? La respuesta parece clara, ¿no? Entonces, ¿quién me explica a mí por qué un libro de similares características al mío (Din A5, tapa blanda, blanco y negro y casi 400 páginas) puede costar veinte euros, más cinco de gastos de envío? Habéis leído bien, VEINTICINCO EUROS si quiero un libro de un AUTOR NOVEL. ¿Me entendéis ahora? Está empezando, no es conocido, hay que promocionarlo bien y ayudarle a vender. ¿Así se consigue? ¿Éste es el camino? Cualquier lector (que no sea amigo o familiar suyo) va a comparar ese exagerado precio con el de grandes escritores (en buenas editoriales) y no se lo va a pensar: va a dar de lado al novel. Vamos, que yo también lo voy a hacer. Quería apoyar a éstos que con tanta ilusión escriben, pero si no puedo dejarme ese dinero con grandes obras a las que tantas ganas les tengo, ¿lo voy a hacer arriesgándome con personas que están empezando en el oficio sin seguridad de que me encuentre un trabajo bien hecho? Veinticinco... Como decía, carrera y ventas lastradas, por una editorial que no parece muy preocupada por que su editado crezca en el mercado literario. Y aún espero que no fueran tan tontos como para aceptar una coedición (con la cual, encima, los mismos autores pagan una cantidad de dinero por ser editados, por mucho que estos ladrones lo camuflen de copago).

   Pero... Un momento. A ver si es que esa obra que consulté para comprarla es un superventas (y yo sin enterarme) y en realidad se está vendiendo genial a ese precio. Pues vamos a la portada de la editorial. ¿Qué veo? Tres libros de los cuales no conocía su existencia: 366 páginas a 20 euros, 302 a 20 euros también... Parece un stándar, sin atender siquiera a que con menos páginas debería costar menos dinero hacer el libro. Pero oye, al menos han tenido la decencia de dejar un folleto de 162 páginas a QUINCE euros. Eso sí, los cinco de gastos de envío se añaden más tarde...





Jorge A. Garrido

Conversación con un dragón

viernes, 21 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   La web Tierra Quebrada ha puesto en marcha la cuarta convocatoria del Proyecto Gólem. El tema es "conversación con un dragón" y esta vez se presenta como un reto para los escritores e ilustradores que participan, pues se limita mucho esa libertad que hasta ahora nos habían dado. Sin embargo, también podemos tomarlo como una oportunidad para demostrar a nuestros lectores de qué somos capaces cuando nos presionan. Sin más, os dejo en este post mi participación en esta convocatoria.

   Podéis leerlo clicando en este enlace. O ver otras entradas del proyecto haciendo click en este otro.







Jorge A. Garrido

Comienzo de la quinta novela

miércoles, 5 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Escueto y directo al grano: Ya he empezado a trabajar en el que es mi quinto gran proyecto. Los cuatro anteriores y las críticas recibidas en ellos me han enseñado mucho, así como durante su desarrollo he ido apuntando distintas ideas que no encajaban del todo con lo que en aquellos momentos tenía entre manos, las cuales dan forma a la obra de la que hoy os hablo.

   Con una sólida base y establecida la idea general de la trama, vuelvo a centrarme en el género de la fantasía épica en busca de un mundo y personajes mucho más complejos que los vistos en la saga Ojos de reptil. Se trata de un universo completamente nuevo cuyo reto no se me plantea en cuanto a una historia capaz de desmarcarse de lo ya escrito, sino por sus protagonistas. Cóler, Drana, Frel, Bállastar, Ráziel, Saguia, Cíos... Son muchos los personajes que desarrollé, cada uno con su propia personalidad y características, pero creo tener la capacidad suficiente para dar vida a otros sin que nadie pueda decirme que sean, o parezcan, calcos de los anteriores.

   Así, aún sin nombre para ella pero con una dirección clara y ya definida, iré actualizando poco a poco los avances en su correspondiente ficha de la sección proyectos. Allí podréis seguir su evolución, un desarrollo que se me antoja bastante más largo que el de los libros anteriores.





Jorge A. Garrido

Relatos Breves: El viejo hospital

lunes, 3 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido
*Clica en el primer enlace para ver el relato en wattpad, pincha en el recuadro para leerlo en formato Issuu o baja un poco más para hacerlo directamente en el post.

- El relato en wattpad



Luís estalló en carcajadas. No podía dejar de reír, aunque tampoco lo habría conseguido de haber querido parar, por mucho que lo intentara.
¡Nunca podría cansarme de esto! —exclamó Fran a su vez, encorvado entre risas.
Como en otras tantas ocasiones, los dos vigilantes de seguridad se habían echado a suertes quién sería el encargado de ahuyentar al intrépido chiquillo que se atrevía, con fingida valentía frente a sus amigos, a entrar en el abandonado hospital del centro de la ciudad. Para ello, actuaban siempre de la misma manera, no importaba cuál de ellos lo hiciera, procurando dar un tremendo susto al crío tras resguardarse en las sombras y aparecer repentinamente, de forma que éste saliera corriendo sin saber en realidad si quien saltaba delante suya era un hombre o incluso un fantasma.
No eran pocos los niños que entraban en el edificio en ruinas, un juego peligroso ya que la estructura daba la impresión de no ser demasiado estable, pero sumamente atractivo a la hora de picar a alguno de los miembros de la cuadrilla. Los vigilantes ya estaban acostumbrados a sus incursiones, que venían produciéndose desde hacía años, y siempre elegían la puerta de urgencias, la cual daba a una calle mucho menos transitada que la principal. En esta ocasión, el chico no tendría más de doce o trece años.
Luís, un tipo de metro ochenta de altura, esperó un poco más de lo habitual, dejando que el chaval se confiase. No obstante, cuando el niño se hubo acercado lo suficiente al mostrador, abandonó de un brinco su escondite, profiriendo los mayores alaridos que su garganta le permitió soltar. En su huida, el crío tropezó varias veces, llegando a rodar por el suelo hasta salir finalmente por la puerta como alma que lleva el diablo, entre gritos que no le harían más que ganar las burlas de sus compañeros.
¡Uno de los mejores sustos que he visto! —le elogió Fran.
Gracias. También ha sido uno de los que más corría, ¿verdad?
Se colocó mejor el cinto que sujetaba los distintos aparejos a su cintura y se dirigió hacia el ancho pasillo para reunirse con su compañero. Éste, que ya había comenzado a andar al verle a su lado, arqueó las cejas de forma muy exagerada, cambiando de tema al instante.
Por cierto, ¿hoy no es tu cumpleaños?
Luís, un poco más alto y mucho más delgado que su amigo, se paró en seco, obligando también a su compañero a detenerse.
Pues... No estoy seguro. ¿Era en Octubre?
¡Desde luego! —La pregunta pareció incomodar al orondo vigilante—. No me digas que ya no lo recuerdas.
Luís reanudó la marcha, pensativo.
No creo que importe demasiado si me acuerdo o no de una fecha que hace tiempo que no significa nada para ninguno de nosotros.
Pero es importante recordar. —Fran movía la cabeza de un lado a otro, desaprobando la afirmación de su amigo—. Si no, mira a...
Sus palabras y pasos fueron interrumpidos por un suave maullido mientras cruzaban las puertas que daban al ala B. Al frente, a escasos metros, apareció un traslúcido cuerpo de color celeste cuyo rostro apenas era reconocible, pues en él no se veían formas de nariz, boca u ojos.
Señora... —la saludaron muy respetuosamente, acompañando sus palabras con un leve cabeceo cuando pasó junto a ellos.
El ente, delgado y pocos centímetros más bajo que Fran, no se detuvo ni un instante, ni siquiera para devolver el saludo que le dedicaron. Se limitó a girar la cabeza tan sólo para comprobar, de poseer la facultad de ver, si su acompañante seguía su estela. Y, efectivamente, allí estaba. Unos pasos por detrás suya, caminaba un jovencísimo gato, quizá un siamés por sus rasgos, aunque de formas demasiado redondeadas para asegurar que se tratara de dicha raza. Su piel, por extraño que pudiera parecer, poseía el mismo tono azulado que el conjunto de la mujer.
Una vez que la extraña pareja desapareció, literalmente, justo antes de alcanzar la puerta del otro extremo del pasillo, los dos amigos siguieron su camino.
¡¿Lo ves?! ¡A eso me refería! —continuó Fran—. Ella casi ha olvidado su propio rostro y el olvido hará que desaparezca.
Aún más, si cabe —apuntilló Luís.
Vamos, no estoy bromeando.
Yo tampoco, pero mira cómo si que se acuerda de su gato.
¿De su gato? Eso no tiene mucho sentido. —Fran abrió la puerta que daba al espacioso comedor, más por costumbre que porque realmente necesitaran abrirla para acceder a la enorme sala—. Supongo que es el alma del mismo gato quien se encarga de recordar su propia imagen.
Nunca pensé que los animales tuviesen alma.
¿Y por qué no? ¿Acaso no sienten, no sufren alegrías y penas?
Claro —Luís bordeó los restos de una vieja columna caída hacía ya muchos años—, pero de ahí a pensar que tienen alma hay un trecho.
Bueno, ahí lo tienes, detrás de su dueña, como hacía en vida.
Eso es lo que más me hace pensar que los animales no tienen alma. Si la directora del centro ya era una bruja cuando vivía, ¿por qué el gato sigue con ella? Podría haberse marchado.
¿A dónde? ¿Al cielo de los gatos? —Fran rió de buena gana, escuchándose sus carcajadas desde casi el otro extremo del hospital—. Todos los que perecimos en el incendio nos quedamos aquí. Tu, yo, incluso el gato de la señora Ramírez, como has podido comprobar desde hace ya cincuenta y dos años por estos mismos pasillos.
Luís meditó unos segundos cómo rebatir el razonamiento de su compañero y su azulado rostro se iluminó con una pícara sonrisa.
¿Y si se tratase de Álvaro?
¿Álvaro? —Al más bajo de los dos no le costó demasiado descubrir la idea que encerraba dicha pregunta—. ¿El marido de la directora?
¿Es que acaso no recuerdas sus acaloradas discusiones por los pasillos?
¡Claro que lo recuerdo! Frecuentes e intensas, no parecía importarles quién anduviese alrededor; cuando peleaban el mundo dejaba de existir. Pero él murió varios meses antes del incendio, de un infarto, creo.
¡Exacto! —exclamó Luís con ánimo—. ¿Y qué repetía él siempre antes de abandonar la discusión?
Ambos se detuvieron un instante, encorvaron sus espaldas, imitando la extraña postura del mencionado Álvaro, y gritaron al mismo tiempo, poniendo la voz lo más grave posible.
¡Ni muerto te librarás de mi, mala pécora!
Rompieron en sonoras carcajadas, que duraron varios minutos. Cuando al fin consiguieron tranquilizarse, aunque el grueso Fran aún tardaría un poco más en recuperar el aliento, continuaron su ronda diaria por el resto de las instalaciones.
Los dos vigilantes recorrieron a buen paso el camino que bordeaba el circular patio interior, protegido del sol por las enredaderas que ya nadie cuidaba y que crecían sin orden alrededor de las estrechas y altas columnas que delimitaban el jardín.
Una vez llegaron a la sala de recepción, Fran se acercó a grandes zancadas hacia la descolgada puerta de la entrada principal.
Esto no estaba aquí ayer —dijo animando a Luís a acelerar el paso.
Por detrás de la vieja y desvencijada puerta del hospital, sobre la oxidada verja que delimitaba el recinto, descubrieron un gran panel en el que se anunciaba el derribo del mismo y la posterior construcción de algún tipo de edificio gubernamental.
¡Vaya! —exclamó Luís, no sin cierto desanimo—. Parece que al fin van a echar estas ruinas abajo.
Si, demasiado han aguantado.
Los dos amigos retrocedieron con lentitud, afectados por la inesperada noticia.
¿Deberíamos avisar a alguien? —preguntó Fran.
¿Iba a servir de algo?
No, claro.
Caminaron durante muchos minutos sin decirse nada el uno al otro. En su deambular de vuelta a la zona de urgencias se tropezaron con otros fallecidos del incendio: Unos empleados del centro, algunos pacientes, un bombero...
¿Sabes? —comenzó Luís—. Quizá no sea tan malo. Es decir, llevamos ya más de cincuenta años recorriendo estos pasillos sin rumbo alguno.
Seguimos vigilando el hospital —le recriminó Fran—. ¿Es que ya no recuerdas al crío de hace un rato?
Sí —sonrió el más alto—, aunque cada vez se acercan menos chiquillos. Creo que en este año van sólo cuatro valientes.
Fran se vio obligado a asentir, muy a su pesar. Eran dos víctimas de la terrible tragedia y, como almas errantes, tan sólo tenían aquellas ennegrecidas paredes para el recuerdo.
No tenemos tampoco a donde ir...
Hombre, a mí aún me deben algunos días de vacaciones. —Luís intentaba, como siempre, soltar alguna payasada cuando algo afligía a su compañero, un hombre con el que compartió veintiocho años de servicio en aquel mismo lugar, además de otros cincuenta y dos tras el incendio. Casi una vida entera juntos—. A ver, ¿a dónde quieres que vayamos?
No lo sé, pero no me gustaría olvidar y desaparecer para siempre. Al fin y al cabo, somos una familia, extraña, pero lo somos.
Ambos espectros se detuvieron al llegar al pabellón infantil y observaron cómo algunos pequeños globos azulados correteaban entre risas a su alrededor. Al fondo, unos pocos saltaban sobre las camas, con otros entes en forma de enfermeras procurando bajarlos, como si fueran a hacerse daño si cayeran por alguno de los bordes.
Luís sonrió ante la escena, con una de las más tiernas expresiones que su rostro mostrara siquiera en vida.
Tienes razón —dijo.
¡Ah! ¿Si? —se sorprendió su compañero—. ¿Y qué vamos a hacer?
De momento, nada. —Fran miró de reojo a su compañero; no sabía si le hablaba en serio o si, en realidad, se encontraba tan confuso como él mismo—. Mientras no derrumben el hospital, todos seguiremos haciendo lo de costumbre.
Luís removió, con la palma de una mano, el cabello revuelto de lo que debía ser una niña de unos ocho años que se había escondido tras sus piernas.
¿Y después?
Nos adaptaremos al nuevo edificio.
¡¿Estás loco?! —exclamó Fran, que vio cómo su compañero ya había emprendido la marcha—. Una cosa es asustar a unos chiquillos de vez en cuando; otra muy distinta irrumpir en un edificio del gobierno a sembrar el caos.
¡Vamos! ¿Nunca leíste nada acerca de los cementerios indios?
¿Cementerios indios? —repitió muy lentamente—. ¿Donde los ancestrales espíritus de los indios allí enterrados emergen de la tierra para vengar la interrupción de su descanso? Eso son sólo cuentos para asustar a la gente.
Luís se detuvo al instante, con los ojos muy abiertos, sorprendido por sus palabras.
Mi querido amigo —dijo volviéndose hacia su compañero mientras se atravesaba con una mano el mentón en un infructuoso intento por rascárselo—, ¿me vas a decir, a estas alturas, que los fantasmas no existen?
Los dos inseparables compañeros se alejaron juntos entre nuevas carcajadas, mientras a sus espaldas las escasas enfermeras no daban a basto para controlar a los juguetones espectros.









Jorge A. Garrido

Nuevo reto en Tierra Quebrada

domingo, 2 de febrero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   ¿Ya leíste Cautivo de las tinieblas? En ese caso, y si también te gustan los retos, el portal Tierra Quebrada ha subido a su web un nuevo formulario de preguntas para poner a prueba tu capacidad como lector para esta novela. Sí, ya hubo uno anterior, pero en este que os presento hoy se ha acrecentado la dificultad. ¿Te crees capaz de superarlo? Haz click en este enlace y pásate luego a contarnos cómo te fue.





Jorge A. Garrido

Finalizada la obra Los Hijos de Daes

viernes, 31 de enero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Tal y como reza el título del post, hoy he finalizado mi cuarto gran trabajo. En concreto, se trata de la tercera novela dentro de la saga fantástica Ojos de reptil, con la cual, de momento, doy cierre a la misma. Han sido necesarios varios duros meses de trabajo, aunque no podría tener una mejor sensación tras darle punto y final. Ya no sólo se trata de quitarse el peso de encima por el esfuerzo realizado, sino también por el buen sabor de boca que me deja este libro.

  301 páginas en formato A5, 35 capítulos y 93.977 palabras. Éstos son los datos técnicos, aunque, repito, me sigo quedando con todo lo bueno que me deja dentro.

   La siguiente cuestión es, ¿y ahora? Por supuesto, aún toca darle un par de lecturas para su corrección, pero el mayor de los trabajos ya está hecho. En cuanto a su salida al mercado, a pesar de que quede poner a la venta la anterior entrega, ésta que me ocupa no tardará tanto en llegar a los lectores, pues necesita de las dos primeras para ser entendida, lo que suprime ese periodo de 7-8 meses visitando las editoriales del país.

   Respecto a la saga, es cierto que durante el desarrollo de la misma he creado una enorme telaraña para dar forma a un mundo complejo, dejando abiertas ciertas ramas que podría utilizar más adelante en otros volúmenes para hacer mayor el universo de Ojos de reptil, pero voy a dejarla descansar de momento. Tengo otros tantos proyectos en mente, buenas historias que no tienen mucho que ver con esta saga y esperan pacientemente a que me ponga a trabajar en ellas.

   Desde luego, esto no se detiene y cada vez me parece más emocionante. ¿Cómo dejarlo, entonces? Sencilla respuesta: No podría.





Jorge A. Garrido

Sorteo de dos libros firmados y dedicados

martes, 28 de enero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Hoy os traigo un nuevo concurso con mi primera novela como premio. Lo convoca el portal Bukus con motivo de la apertura de su canal en youtube, por lo que la forma de participar va muy ligada a esta famosa web. ¿Queréis uno de los dos libros que se sortean de Cautivo de las tinieblas, firmados y dedicados especialmente para los ganadores? Sólo tenéis que elegir una de las frases que más os gusten del libro (si aún no lo habéis leído tenéis una larga lista en este enlace de Tierra Quebrada) y grabrar un vídeo en el que mostrarla. Eso sí, se premiará la originalidad. ¿Disfrazarte de caballero medieval y pronunciarla al cielo con pose molona sobre una enorme roca en el campo? ¿Utilizar tu colección de figuritas del Warhammer o Hero Quest y grabar una escena a slow motion en la que alguien diga la frase? No, no vamos a pedir que sea tan trabajada, pero saca a relucir tu creatividad y manda tu participación a Bukus. Tienes desde el 1 de Febrero hasta el 1 de Abril.





Jorge A. Garrido

3ª introducción para el concurso "Continúa una escena II"

miércoles, 22 de enero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Tercera y última de mis colaboraciones para dicho concurso. Estrad en Bukus y elegid alguna de las múltiples introducciones que os ofrecen para participar.


No llevaría más de cinco minutos sentada en la silla de aquel pequeño bar, situada en la acera y en el extremo izquierdo del resto de mesas de la terraza, pero ya tuvo que hacer uso de un par de servilletas para secar las primeras gotas de sudor recorriendo su frente y cuello. Estaba realmente nerviosa y no hacía sino repetirse a sí misma que no tenía por qué sentirse de esa manera, que tampoco estaba haciendo nada malo.

Miraba hacia todas las direcciones, pasando su mirada por cada persona que aparecía en su campo de visión. Una señora muy mayor, maquillada en exceso, tanto que pudiera pasar por payaso, intentaba disimular en su lento caminar que era consciente de la acción de su minúsculo perro, mientras éste dejaba un desagradable obsequio al que caminara por el lugar sin demasiado cuidado. Y unos pocos metros por detrás de ella vio a un chico en patines, de no más de quince años, que a punto estuvo de sufrir un terrible accidente cuando pasó un coche a su lado a toda velocidad.

No sólo ellos; otras tantas personas llamaron su atención, fuera por sus acciones, atuendo o, simplemente, por estar allí. Sin embargo, en seguida desaparecieron todos a su vista, o pasaron a no importarle en absoluto, cuando a su espalda, en el cuello, sintió un levísimo roce, el dado con suavidad con el anverso de la mano, o quizá pasando lentamente las uñas. Además, le pareció oír un casi inaudible susurro en uno de sus oídos.

La joven se giró de inmediato, pero allí no vio a nadie. Llamó la atención del camarero y los dos ocupantes de la mesa más próxima debido a su rápido y repentino movimiento, aunque no les hizo el menor caso. Se sentía inquieta y achacó lo que acababa de pasarle a su extremo nerviosismo.

—¡Vamos! —murmuró para sí misma—. Es sólo un amigo...

No lo era. Desde hacía meses, mantenía largas conversaciones diarias, a través de una de las múltiples redes sociales que frecuentaba, con un hombre de veintisiete años, dos mayor que ella. En realidad, si lo pensara detenidamente, no habría sabido decir cómo empezó a hablar con él, un completo desconocido entonces, aunque pensó que podría haber sido por su trabajo, cuando se ponía en contacto con distintos clientes para la distribución del material de oficina que gestionaba su empresa. Le gustaba la forma tan educada, a la vez de dulce, con la que le trataba, incluso lo mucho que le hacía reír, cosa que necesitaba tras la abrupta ruptura con su novio. No fue una separación fácil después de una relación de varios años en la que compartieron vivienda y tanto se implicó a ambas familias, pero llegó un momento en el que él comprendió que ya no la quería.

—Al menos, fue sincero... —se decía ella en voz baja, ajena a todo cuanto ocurría a su alrededor mientras deambulaba entre sus propios recuerdos. Fue de este modo como pasó desapercibido para ella el que otra persona se sentara a su lado, en la silla que tenía reservada para alguien en particular.

—Hola —le saludó, sorprendiéndola al punto de que ella dio un pequeño salto en su asiento, ante lo cual él sonrió—. Siento haberte asustado.

Era él. Pelo corto y moreno, sin barba, ojos marrón claro de mirada muy intensa y una sonrisa que desde hacía bastante conseguía que ella se derritiese tras el ordenador, aguantando en aquellos momentos el tipo cuando sabía que él la miraba.

—N-no... No importa —dijo tímidamente con un hilillo de voz. Mantenía las rodillas juntas y las manos muy apretadas encima de éstas, tensa como pocas veces recordaba haber estado en su vida. En persona le parecía mucho más guapo y saber que no había nada más que una corta mesa de bar entre ellos la puso aún más nerviosa.

No obstante, algo lograría desestabilizarla un poco más, aunque supo disimularlo. Como unos minutos atrás ocurriera, creyó oír una voz directamente en su oído, muy claramente su nombre en esta ocasión. La mujer fue mucho más discreta que entonces y una vez más giró sobre la silla para buscar a quien la llamaba desde tan cerca y a un volumen tan bajo, sin encontrar, tampoco ahora, a nadie.

El chico que tantas ganas tenía de conocer estaba al fin frente a ella, con su voz cálida y segura, sus sugerentes labios y cuerpo bien formado, más aún bajo la ajustada camiseta y los pantalones vaqueros que se había puesto para la cita, pero las sensaciones que la inundaron tras el extraño susurro no le dejaron disfrutar de su tan ansiada compañía. ¿Qué diablos había pasado? ¿Qué significaba aquello? No conocía las respuestas, aunque tampoco formularía dichas preguntas al que tenía sentado a la mesa; no iba a estropear el tan esperado momento haciéndole pensar que estaba junto a alguna loca que de pronto sufría de extrañas sensaciones. Así, procuró dejar de lado su inquietud y centrarse en él, aunque no podía negar que, ahora, sentía como si una enorme losa la empujara hacia abajo desde los hombros, incluso le pareció que los colores a su alrededor se hubieran apagado un poco, adoptando un tono más oscuro.

—Quizá haya sido la comida del mediodía; me ha sentado mal —pensaba, intentando encontrar una solución lógica a aquello. De todas formas, vio moverse la boca de él y se dio cuenta de que no estaba escuchando sus palabras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por desecharlo todo y centrarse en lo que le iba diciendo.






Jorge A. Garrido

2ª introducción para el concurso "Continúa una escena II"

domingo, 19 de enero de 2014
Posteado por Jorge A. Garrido

   Segunda de mis tres colaboraciones en el concurso "Continúa una escena II" llevado a cabo por el portal Bukus:


Quizá fuera el sonido de las olas rompiendo contra las rocas o tal vez el viento a su paso bajo la desvencijada puerta de la sencilla y solitaria casita a tan pocos metros de la orilla, pero al fin salió de su ensimismamiento, para nada consciente del tiempo que llevaba observando el cielo tras la ventana. La soleada mañana había dado paso a una tarde nublada, con una humedad en el ambiente que le indicó que podría llover en cualquier instante. Sólo por eso debería recoger su maletín, lleno éste, entre otras cosas, de facturas y contratos que nunca llegarían a firmarse, y salir a todo correr de la casa. Pero no sería ésta la única razón para hacerlo.

Giró sus pasos ciento ochenta grados y miró con detalle a su alrededor. La amplia habitación, espacio compartido para la cocina, el salón y el dormitorio, se encontraba en un perfecto estado de orden y limpieza, a excepción de los pedazos de jarrón esparcidos por detrás del largo sofá. Hacia ellos se dirigió, agachándose de cuclillas para recoger el mayor, el cual tenía varias grietas y debía mantenerse aún intacto gracias a la pegatina que por fuera indicaba su procedencia, un lejano país del norte de África que no atinó a leer por volver a ser inundada su mente con imágenes de la noche anterior. Sin embargo, en esta ocasión se esforzó por desecharlas, antes de que nuevamente le hiciera perderse durante horas en su recuerdo.

Con determinación, avanzó a zancadas hasta la puerta, cogió por el asa el negro maletín y tiró con fuerza del pomo de la puerta hacia dentro. Una vez abierta, el frío le hizo dar un leve respingo hacia atrás, pero no iba a sucumbir. Dio varios pasos fuera y ni siquiera se preocupó de cerrar, pues nunca más regresaría a este lugar. Tampoco le importaba que alguien pudiese entrar, fuera un ladrón, un curioso o un policía, cuando tenía bien claro que las autoridades locales buscarían por la zona alguna pista que les llevara al que durante siete años fue su socio.

Tras la casa de madera, allí donde moría el único camino que llevaba a la bien escondida cala, vio aparcados los dos vehículos. Llevaban casi una semana sin moverse sobre el irregular y fragmentado asfalto, un día menos el suyo, el cual reconoció al instante. Para cualquier otra persona que los observara, por contra, eran exactamente iguales; largos y robustos, negros por completo.

Ya junto a la puerta, pasó sus dedos por la línea superior de la ventanilla y una extraña sensación inundó su ser. El frío de la tarde había desaparecido y tampoco reaccionó ante las primeras gotas de lluvia. En ese momento, en su cabeza sólo había lugar para el recuerdo, uno tan lúcido que casi le pareció revivirlo en directo, sentir en su persona las intensas miradas de todos aquellos desconocidos vestidos de etiqueta, bajar las escaleras que le llevaban hacia el enorme comedor donde se celebraba el banquete con los nervios haciendo temblar violentamente su cuerpo, con la mano de su acompañante transmitiéndole una calidez en la suya que haría más seguros sus pasos unos segundos más tarde...

Cerró la puerta tras de sí en el instante en el que las densas nubes comenzaban a descargar su contenido con más fuerza. Las gotas, gruesas, tamborileaban rítmicamente sobre el cristal, quizá incluso se mezclaran con pequeñas piedrecitas de granizo. Pero poco le importó este simple detalle cuando tenía tanto en lo que pensar. Sí, pensar, porque no podía dar sus primeros pasos sin tenerlo todo atado, sin ordenar sus ideas y trazar en su mente el recorrido idóneo para terminar lo que debía, para no dejar nada a medias ni, por supuesto, dejarse atrapar.

Con el coche arrancado y los parabrisas yendo a un lado y al otro de la luna, echó un último vistazo al maletín, sobre el asiento de piel a su derecha. No necesitaba llave alguna para abrirlo, sino una sencilla combinación numérica de cinco cifras que nunca llegaría a olvidar, por todo lo que significaba. No obstante, aunque algo en su interior le instaba a quitar la llave del contacto, volver a la casa y hurgar en el contenido del maletín, centró su mirada en el espejo retrovisor y dio marcha atrás al vehículo. Debía emprender su camino cuanto antes, dirigiéndose, en primer lugar, hacia la autopista. Después, se pondría en contacto con alguien de confianza, alguien que se ciñera a sus instrucciones sin hacer una sola pregunta y, por supuesto, que no le delatara. Pero, ¿conocía a esa persona? No podía ser cualquiera. Aunque tenía buenos amigos, en una situación como ésa ni siquiera un familiar directo representaba un valor seguro.

Mientras pensaba en ello, dejó de mirar por un instante la carretera, momento en el que se le cruzó un joven cervatillo. Reaccionó con rapidez y dio un par de volantazos a la vez que pisaba el pedal del freno a fondo. Como resultado, añadido el efecto del agua sobre el asfalto, el coche giró velozmente sobre sí mismo, deteniéndose a pocos centímetros de un enorme árbol que, sin duda, lo habría inutilizado.

El motor se paró y sólo los limpiaparabrisas seguían en funcionamiento. Del ciervo, por contra, no había ni rastro; debía haberse salvado. Así, intentando calmarse, bajó la cabeza hasta pegar la frente al volante y notó que estaba húmedo. En un principio, pensó que quizá se hubiese mojado las manos con el agua de lluvia, pero ésta no había empezado a apretar hasta que se encontró en el interior del vehículo. Entonces, levantó la cabeza y se miró las manos. Un escalofrío sacudió su cuerpo al verlas, consciente de que la herida de su palma izquierda, la cual creía completamente cerrada, tenía una estrecha relación con la desaparición de Márquez.






Jorge A. Garrido
Bienvenido

Selección de idioma

English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

this widget by www.AllBlogTools.com

Seguidores del blog

Ya nos han visitado

Las entradas + populares

Últimos comentarios

- Copyright © De la pluma a la web -Robotic Notes- Powered by Blogger - Designed by Johanes Djogan -